viernes, 29 de mayo de 2026

Claridad. La revista de la élite intelectual sucrense

 

Claridad. La revista de la élite intelectual sucrense.



Oscar Córdova Sánchez

Consultor educativo

Texto originalmente publicado en el suplemento dominical Puño y Letra (Correo del Sur). Ver: https://correodelsur.com/punoyletra/20250706/claridad-la-revista-de-la-elite-intelectual-sucrense.html

Durante los primeros años de la segunda década del siglo XX, Sucre, la bella ciudad que mantuvo el arte y la literatura en su forma más estilizada, tuvo su máxima representación en la Revista Claridad, dependiente de la Sociedad Filarmónica Sucre, entidad que aglomeró lo mejor y más talentoso de la elite intelectual sucrense, particularmente, de los años 20.

Bajo la dirección de Eduardo Berdecio (1869-1927), fundador de la Sociedad Filarmónica Sucre en 1883 -existía una antecesora con el mismo nombre en 1856-, realizaría, con esta sociedad, primeramente, la noble tarea de hacer el arte lírico una necesidad ante el inmenso paisaje agitador y destructivo de aquella sociedad boliviana viciada de revoluciones y desdichas anárquicas. Junto con su hermano Carlos y sus socios Manuel Caballero, Atanasio de Urioste, Martín Paravicini, José María Urdidinea, Mariano Enrique Calvo y Luis Nuñez del Prado emprenderían una hazaña para dar voz a la composición musical de Sucre. Sus máximas aspiraciones: la búsqueda de la belleza artística y dar realce a la noble estirpe de la sociedad chuquisaqueña a través de la difusión cultural de su ciudad expresada en veladas musicales con una gran audiencia que escucharía los nuevos talentos de aquel tiempo. De estos salones se descubrió el talento de un joven Simeón Roncal, quien revolucionó la música boliviana años más tarde.

Esta labor realizada bajo la bandera de arte, belleza y moral constituye su culminación al proveer a la ciudad de los cuatro nombres una revista cuyos miembros se inscribirán para formar un cenáculo artístico-literario-musical, en el cual se promoverá la cultura chuquisaqueña. Siendo encomendado para la dirección de la revista Ignacio Prudencio Bustillo (1895-1928), escritor de una pluma exquisita, provocadora y sincera, dirigirá la ruta cultural de esta nueva propuesta.

El primer número de la revista salió en junio de 1921. Claridad, nombre atribuido para iluminar mediante las artes literarias al colectivo social, es publicitado con una hermosa portada del artista Luis Groc. En el arte se ve radiante el sol iluminando al ser humano y la ciudad de Sucre, absorbiendo toda aquella luz de conocimientos para expandir hacia nuevos horizontes. El discurso de la revista estaba dicho: volver al cultivo de las letras y explorar los rincones donde se encontrarían nuevas corrientes. Bustillo, joven intelectual, para este primer número expresaría su más sincero agradecimiento a Eduardo Berdecio con un homenaje sobre su labor cultural que, para ese tiempo, ya iba por cumplir 40 años dedicándose a las funciones artísticas desde la Sociedad Filarmónica. “Cree en el poder moralizador del arte […] espera provocar una resurrección de las energías de estas tierras […] mediante una activa propaganda artística”, son algunas frases de elogio que Prudencio enunciaba al ideólogo de la revista.

Entre los primeros colaboradores -ensayistas y poetas en su mayoría- se contó con la pluma venerable del vate Ricardo Mujía (1861-1934), quien hacía de su poesía una fragancia rica en recursos y técnicas literarias que, junto a su esposa, la destacada poetisa Hercilia Fernández de Mujía (1860-1929), publicaban excelsos poemas sobre la vida, la patria y nuestros héroes; Adolfo Costa du Rels (1891-1980), diplomático, cuentista y uno de los mejores novelistas bolivianos, destacaba con sus colaboraciones de cuentos, ensayos y homenajes, todo de un aroma exótico por describir la psique humana en cada uno de sus personajes; Alfredo Jaureguí Rosquellas (1879-1952), ensayista, historiador, geógrafo y uno de los máximos valores literarios de la sociedad sucrense, destacaba por sus polémicos ensayos sobre la cuestión del indio, el advenimiento del cholo y la decadencia del blanco, probando, una vez más, la cuestión social irresuelta de nuestro país. Entre otros intelectuales que se unieron a este emprendimiento cultural se encontraban: Nicolás Ortiz Pacheco (1893-1953), poeta humorista y crítico a las malas costumbres; Claudio Peñaranda (1883-1921), poeta modernista y profesor destacado; Agustín Iturricha (1863-1934), ensayista, jurista e historiador de gran talento en el ámbito de la veracidad de los hechos; Gregorio Reynolds (1882-1948), triunfador de la poesía modernista boliviana que conquistó los cenáculos literarios de La Paz con su pluma ágil, sincera y responsable. También se encontraba los noveles escritores Alberto Ostria Gutiérrez (1897-1967), Guillermo Francovich (1901-1990), Saturnino Rodrigo (1894-1988) y Carlos Medinaceli (1898-1949) quienes, en los siguientes años, tendrán un lugar prominente en la literatura boliviana.

Como se puede leer arriba, son varios de los intelectuales que publicaron en Claridad para ofrecer sus inquietudes mediante la poesía, ensayo, relato y cuento. Pero, además, el repertorio de la revista destacaba a las escritoras, quienes fueron las pioneras en el discurso sobre el quehacer femenino de esa época, tales son los casos de Josefina Goitia, Raquel Ichaso, Elena Merino, Elena Ostria Gutiérrez o Rosa Sempertegui, despegando con sus ensayos y poesías el valor literario y la equidad de género de la revista.

Dentro de las características de la revista era su publicación ocasional -no era ni semanario, ni publicación trimestral-, debido a que los auspicios corrían por parte de los mismos editores y colaboradores, en su mayoría. Salía cada dos o seis meses. El tiraje era reducido -por eso de su rareza encontrar todos los números- y el precio rondaba los sesenta centavos, siendo distribuido en las principales librerías del país. El segmento de crónicas sociales era dedicado a las actividades realizadas por la Sociedad Filarmónica Sucre y a las nuevas composiciones que se presentaban durante un acto cívico o aniversario de una institución sucrense. Además, se hacía conocer los logros de varios miembros de la revista con notas sobre sus condecoraciones, premios literarios, publicaciones de libros y comentarios elogiosos. Asimismo, se publicaba la convocatoria para el certamen de los Juegos Florales, concurso para premiar las mejores poesías del medio. A diferencia de otras revistas de ese tiempo, la propaganda comercial era nula en sus páginas, destacando su esencia en la fotografía, tipografía y calidad literaria.

Con el paso del tiempo la revista se dividiría en dos épocas:  la primera del No. 1 al 18 (1921-1938) y la segunda del No. 19 al 25 (1946-1949), y, en este transcurso de décadas, la revista tuvo que resignarse con las grandes partidas de sus más connotados hombres letrados que partieron de este mundo como Berdecio, Prudencio Bustillo y Mujía. Cronológicamente dirigieron la revista:  Prudencio Bustillo, los primeros cinco números (1921-1923); Ricardo Mujía, los siguientes desde el número 6 al 16 (1923-1932); René Zamora solamente el número 17 (1936); Rafael García Rosquellas igualmente el número 18 (1938) y Joaquín Gantier continuó desde el número 19 al 25 (1946-1949). Así, a pesar de las inclemencias políticas e ideológicas, la revista rindió con solvencia y persistencia su labor prolífica por más de dos décadas.

Los temas publicados en la revista eran variados. Poesía, ensayo, cuento, crítica literaria, reseña, fragmentos de novelas y crónica.  Todos estos géneros fueron un acicate para crear un colorido fondo de diversos pensamientos, discursos y creaciones intelectuales. Además, se hizo hincapié en resaltar el talento joven. El caso del tarijeño Oscar Alfaro (1921-1963) fue singular por la cantidad de versos escritos para la revista en su segunda época.

La revista Claridad demostraría constancia, voluntad y disciplina en sus miembros, ya que a pesar de las calamidades bélicas como la Guerra del Chaco (1932-1935) o el colgamiento a Gualberto Villarroel (1946), no dejaron entorpecer la misión ética de divulgar las bellas letras sin ningún tinte político ni partidista del momento, como varios de sus colegas hicieron al aleccionarse a un gobierno o caudillo, divulgando ensayos o crónicas manchadas por la bulla del partidismo y arribismo.

GUSTAVO ADOLFO OTERO Y EL GÉNESIS DEL PERIODISTA HUMORISTA

 Gustavo Adolfo Otero y el génesis del periodista humorísta



Oscar Córdova Sánchez

Médico y docente

Texto publicado en el suplemento cultural La Ramona. Ver: https://www.ramonacultural.com/contenido-r/gustavo-adolfo-otero-y-el-genesis-del-periodista-humoristico-i/

Hablar de un fragmento tisular del corpus histórico de la prensa paceña es abrir y diseccionar esos episodios donde el periódico era considerado un medio impreso con el fin de combatir, difundir y persuadir al lector sobre un determinado gobierno, pensamiento o doctrina. Esta dinámica no tenía miedo de hacer caer, elevar y destronar caudillos fanáticos del poder. Fue un torneo cotidiano de los redactores que se iniciaban en las armas letales de la imprenta con balas cargadas de humor, sátira y literatura, escondiéndose bajo seudónimos para prevenir una sanción agresiva del rival -partido político o personaje público- burlado. Y es, en este caldeado ambiente, donde Gustavo Adolfo Otero Vértiz (1896-1958) sacará sus dotes como un destacado aguijón incómodo del ambiente. Otero, paceño, venido de una familia clasemediera, bajo el ropaje de su estirpe criolla y con contactos de la elite paceña, transmitió, desde muy joven, su inquietud de ser un muchacho adiestrado a la fragancia del libro y al cultivo de las letras. Solitario, introvertido y con una cantidad considerada de lecturas leídas -tal como nos cuenta en sus Memorias (1977)-, fagocitó diferentes géneros sin dar prioridad uno sobre otro. Por sus manos pasaron obras de Emile Zola, Ricardo Palma, Víctor Hugo, Rubén Darío, los cuentos de Saturnino Calleja y la revista de sátira política de humor gráfico El Maestro Ciruela de los hermanos Ascarrunz, esta última tendrá gran repercusión en su estilo literario de describir a la fauna intelectual boliviana. Todo este acúmulo de lecturas a sus 17 años iba a crear en él la rareza y el gusto de vivir siendo escritor.

Para 1913, junto con sus compañeros del Colegio Nacional Ayacucho, sin darse cuenta, su carrera literaria inició con el texto El Radio y La Opinión Ajena en el periódico estudiantil A.B.C. de estilo sobrio y sin el sabor risorio que Otero ocultaba para sí. Algunas semanas después, junto con su compinche Néstor Silva Agramont, quien le motivaría a que se active su temperamento satírico e iniciar su carácter intransigente, irreverente e imaginativo, inyectándole la dosis de la polémica risoria y la atención del cuerpo docente-estudiantil. Las burlas se dispararon en su periódico poligrafiado Fray Simplón. La primera víctima fue su bedel Genaro Mariaca. Si bien esto ocasionó reproches a los autores del incipiente impreso, no tuvo avance y el problema quedó en nada. Otero probaba las dos caras del periodismo: elogio y censura. Pasado el agravio, su salud se deterioró -de las muchas-, abandonando el colegio en 1914. Para subsanar el tiempo perdido, empieza a buscar empleos y es donde conoce, a través de Carlos Ardiles Arce, la majestuosa biblioteca de Luis Arce Lacaze, diplomático sucrense de gran trayectoria intelectual. “Leía por leer”, afirmaba Otero, comprando libros de diversa temática. Y es de esos pasos de encontrarse con todos y con nadie que apreció su antiguo compañero Hugo Aranda, ofreciéndole un cargo como repórter (reportero) de El Comercio de Bolivia. Esa invitación fue como un regalo inesperado y sin contenido político, ya que como compensación podía asistir gratuitamente a funciones teatrales, espectáculos públicos, sesiones camarales y toda invitación que al periódico llegase; además, en el transcurso de su inclinación a decir sí a todo, sería engañado por el director del diario, Rodolfo Loza, con un salario ficticio. Sin embargo, esta experiencia servirá para ser adiestrado en el manejo de la máquina de escribir, recolectando notas para sus artículos y crónicas sociales que, tampoco, llevarían su firma.

Desilusionado, desesperado y buscando en cada esquina un trabajo que se adecue a sus preferencias, logra entrar como repórter en El Diario con un salario, nuevamente ficcional, de treinta bolivianos. Siendo su segunda vez estafado. Todo esto gracias a la oferta de Ángel Salas, colega suyo y animador de varias revistas fundadas junto con Otero años después. Su capital cultural se amplía y ve, de primera mano, la maquinaria y los circuitos con los que se editaba diariamente los textos. “El olor a tinta, el humo de los cigarrillos, el desorden de la redacción. Todo me parecía magnifico”, comentaría efusivamente sobre este nuevo ambiente.

Siendo miembro de El Diario, por fin había encontrado la atmosfera perfecta para respirar el aire apropiado a sus cuestiones particulares. Es, en este preciso momento, donde logra descubrir la psicología moral de varios hombres públicos, que redactaban y editaban sus columnas. Figuras como José Carrasco, liberal, fundador del periódico y destacado diplomático; Franz Tamayo, poeta con “cara aymara que se ha convertido en beethoveniana”, polemista de “mirada fiera, relampagueante”; Tomás Manuel Elio, abogado que “pronunciaba discursos, sin imágenes y sin fuego” y Felipe Guzmán, catedrático “con aires de dios Baco, de una risa estruendosa de palabra fácil”, todos dotados de una posición de prestigios y de dinero, permitieron que Otero fuera incluido en esta nueva realidad, alojándolo en su hogar intelectual. Sin embargo, su potencial humorista debía esperar un poco más para dar vuelo. Perseverancia, paciencia y creatividad son palabras que el joven Otero aprendió sistemáticamente en el torneo de las lides periodísticas, donde más era “hablar mal de la gente y de los políticos”, sosteniendo esos pugilatos intelectuales para determinar que periódico influía más en la sociedad. Sus primeros trabajos los publicó bajo seudónimo (Nemo). Ensayos como Los Bohemios y La imitación y la moda, este último fuertemente influenciado por Las Leyes de la Imitación del criminalista y sociólogo Gabriel Tarde, fueron aplaudidos anónimamente. Su crítica armónica y fluida era ya comentada entre los antiguos de la prensa. Esta faceta, como columnista de opinión, se vio incrementada por los elogios discretos de sus colegas. Pasado el tiempo, sus influencias con el círculo literario paceño se expandieron, logrando cumplir otra noble labor: la de corrector de estilo.

Gracias a la invitación del “arqueólogo de pega, sabio de calcomanía” Arthur Posnansky, acepta ser su secretario privado. A través de las colecciones de cráneos y vasijas dispersas en su sala, examina las inmensas hojas sueltas en el escritorio. Su misión se centraría a reunir, corregir y mejorar textos del investigador, consiguiendo dar a luz a El Signo Escalonado, obra de alta demanda en su momento y de gran calidad histórica sobre arqueología Tihuanacota. Para este trabajo, sus pagos ya son reales y sus crónicas ya publicadas, conjuntamente definiendo su estilo literario de corte satírico y burlón. Entre otras actividades, saboreaba aquellos elogios chispeantes por una columna bien escrita y chismeando con hombres de letras, donde la lámpara de la información era impresa para lectura de la sociedad paceña. En 1915, siguiendo con su etapa de gran efervescencia intelectual, logra acoplarse a la plana mayor de redactores del nuevo periódico El Fígaro, fundado en abril de ese año, bajo la jefatura, dirección, orden y jerarquía de don Franz Tamayo. Entre esa lista de colaboradores que siguieron al vate paceño se enunciaba a eminentes personalidades públicas. De allí que Daniel Sánchez Bustamante, Tomas Manuel Elio y Luis Espinoza y Saravia inauguran esta publicación francófila, siendo que el menor de ellos, el joven de 19 años Gustavo Otero, bajo seudónimo de Repórter Pérez, dará vistazos de la realidad y desnudará el ridículo de las diatribas sociales en un ambiente que veía favorable para el humor periodístico en letras serias y bien escritas. Este nuevo nombre del hombre hará temblar el reducto de esas rabietas seniles que nosotros llamamos pensadores nacionales, haciendo suya la prensa y convirtiéndola en el depósito que exhibe el disparate público, la arrogancia criolla y el comentario adulador. En ese preciso momento, el humorista inicia su carrera entrando al escenario letrado donde los aplausos, insultos, ganancias, ataques, quiebras y exilios serán parte de su vida. Lo que uno hace para hacer a esta ciudad poco seria y más sonriente con sus problemas.

“Siga el periodismo” recomendaba el Dr. Claudio Sanjinés Tellería, observando el talento y disciplina del muchacho que, debido a su situación económica, había decidido estudiar en la Facultad de Farmacia por un breve tiempo. Ciencia, química y fármacos. Todo el tiempo, toda la vida. Esta oferta del destino a ser un hombre de laboratorio y de fórmulas químicas parecía agradarle, pero su ambiente también era el periodismo. La decisión era incómoda, pero debía escoger por una. La idea de ser químico farmacéutico era buena, el reconocimiento no, pero el sueldo a futuro sí. Gustavo dejaría que su diablillo irreverente le susurre al oído, para luego decidirse por la labor de los hombres de letras, cuyo desenlace siempre queda en el hambre, el olvido y la soledad. Aceptando esta vida, decide dejar su carrera y continuar con sus crónicas jocosas.

LOS ESCRITOS DE UN JOVEN ARMANDO CHIRVECHES

 Los escritos de un joven Armando Chirveches



Oscar Córdova Sánchez

Médico y docente

Articulo publicado en el suplemento dominical La Ramona. Ver: https://www.ramonacultural.com/contenido-r/los-escritos-de-un-joven-armando-i/

Hace tres años, motivado por las continuas formas de enriquecer mis conceptos sobre literatura nacional y la búsqueda de espacios que fomenten a esta, hallé, por ociosidad de un día y recomendación de un historiador, la Biblioteca (ahora Archivo) Gonzalo Bedregal Iturri, cuyo custodio, su hijo y heredero, Juan Francisco Bedregal, recolectaba, catalogaba y [re]encontraba obras de antaño, revistas culturales, periódicos decimonónicos, cartas mecanografiadas, folletos, libelos, programas políticos y todo lo relacionado al quehacer intelectual boliviano del siglo pasado y del XIX. Entre papeles viejos,estantes antiguos y varias conversaciones diversas y dispersas Pancho, poco a poco, ampliaba su confianza para comentarme sobre algunas curiosidades heredadas de su archivo y la historia del sitio que alojaba esta singular colección. Esta casa recogía una cronología íntima de los intelectuales que se reunían en ella. Tanto su abuelo paterno, el poeta, humorista y siempre feliz Juan Francisco Bedregal (1883-1944), como el materno, el Arq. Emilio Villanueva Peñaranda (1882-1970), fueron una demanda de relaciones sociales entre la elite intelectual boliviana de ese tiempo. Pronto la biblioteca sería un espacio común de ideas y pensamientos en distintas épocas; más aún cuando Yolanda, tía paterna de Pancho, fue seducida por la poesía y la comunión artística.

En varias ocasiones, hablando de la época cultural más fructífera en la prosa boliviana durante el periodo liberal (1899-1920), frecuentábamos anécdotas escritas y no escritas que enriquecían las charlas que duraban hasta altas horas de la noche. Este periodo fue, con sus representantes e intelectuales cuyas obras -en su mayor medida novelas- inauguraron un discurso incrustado en analizar la mentalidad del boliviano del 900, seccionada en sus distintas etapas y clases sociales. Es así, como pasamos a las charlas del famoso novelista, poeta, diplomático y mejor amigo de su abuelo paterno: Armando Chirveches Pérez del Castillo (1881-1926).

Los diálogos se sucedían cada jueves en la tarde, único día donde se podía visitar este espacio privado, ubicado en la calle Goytia y a una cuadra del Monoblock Central. Por la demanda de saber más allá de las lecturas y estudios que se hicieron sobre Chirveches, Pancho sacó de su escritorio algunos textos del novelista. Era unos cuadernos manuscritos con forro oscuro que contenían poesías, relatos, biografías cortas, dibujos, tratados internacionales e información sobre política exterior. Era una amalgama de sus primeros intentos de escritor de este novel poeta paceño y era un fenómeno tan fecundo que tenía el talento desde el colegio que adquiría potencia en la universidad y se entrenaba en la prensa paceña. El lapso de estos manuscritos estaba entre 1895 y 1912 aproximadamente.

La idea se prendió de un foco neuronal a otro. Concebir un texto, transcribir lo más selecto, hacer un análisis crítico de estas escrituras perdidas; además, seleccionar algunas cartas que enviaba desde Rio de Janeiro, Antofagasta o Paris a su amigo y colega Alcides Arguedas, quien, años después, tuviera que despedir al autor de La Candidatura de Rojas, mediante un relato más que  romántico o idealista fue del tipo fatalista, realista y macabro sobre la neurosis que, después de vanos intentos de encontrarse con su amigo de universidad, se dio dos disparos, consumándose en un suicidio acaecido en 1926 en la ciudad de las luces. De esta manera, Armando apagaba su larga y triste dolencia espiritual a sus 45 años.

Mediante más lecturas de sus otras obras poco conocidas y los estudios de sus críticos literarios (Albarracín, Barnadas, Coy, Brusiloff, Paz Soldán entre otros) corroboré datos y unía el rompecabezas literario del momento, añadiendo el vasto -aún no estudiado del todo- género epistolar, que compactaba una síntesis estética del discurso moral de estos pensadores. Todo este empeño fue una experiencia altamente enriquecedora que, unida a la información bibliográfica, se entendía otras facetas del novelista en sus primeros años. La labor se convirtió en un pasatiempo y la lectura chirvercheana en un gusto. Rendíamos, entonces y sin pensarlo, tributo a aquellos hombres de letras através de sus preocupaciones nacionales. Entendí sus sensibilidades a partir de los libros que leían y dialogábamos problemas todavía no resueltos como el caudillismo popular, el arribismo histriónico y las malversaciones estatales.

El sociólogo Salvador Romero Pitarri (1938-2012) dio un pantallazo detallado sobre el pensamiento social de los intelectuales de inicios del siglo XX a través de las figuras, símbolos y conceptos de sus textos, describiendo algunas características esenciales y tomando como base la lectura de varias novelas de esta camada de pensadores, logrando identificar en ellas las direcciones filosóficas, políticas y sociológicas que inundaron el espacio de la pequeña ciudad letrada, arrastrando posiciones firmes al cómo veían a Bolivia, según su educación y sus inclinaciones ideológicas (des)heredadas. Papeles impresos diversos que convivían en los debates entre lectores, libreros y escritores; categorías sociales angulares que envolvieron los discursos de ese primer tercio de siglo. Siguiendo esta misma lógica, encontramos en Chirveches esas brisas de cambios sociales y preferencias ideológicas mediante sus lecturas y autores preferidos, ahora avocándonos en sus manuscritos. Desde su primigenia biblioteca hasta sus biografías cortas sobre historiadores franceses, la perspectiva artística se abría en él para formar su propio universo literario con sus personajes, lugares y descripciones particulares.

Empezando con el primer cuaderno –el más diverso en cuanto a temas– se puede leer el catálogo de su biblioteca realizado por él mismo. Una lista de más de cien obras, donde no se encuentra un orden establecido particular, ni por autor ni por género literario. Esta lista se puede dividir en dos partes: la primera, literatura extranjera y la segunda, literatura boliviana. Obras de autores como Samuel Smiles, Benjamín Franklin, Alphonse de Lamartine o Alejandro Dumas fueron vastamente leídos por el novel escritor; como también se encuentran en su catálogo títulos nacionales de Mercedes Belzu de Dorado, Joaquín de Lemoine, Santiago Vaca Guzmán o Narciso Campero. Se puede leer una cantidad considerable dedicada a los diccionarios, entre los cuales destaca el Diccionario español, latino-español y francés-español. También están tratados de retórica, gramática castellana y latina de Andrés Bello y Raymundo de Miguel, dándonos cuenta su especial interés sobre la correcta escritura, la adecuada forma del lenguaje y la perfecta manera de ordenar ideas para generar un punto de análisis, características que dominaría a futuro con bastante ingenio como puede verse en sus novelas o columnas periodísticas cuando se trataba un tema político o social. Como se puede observar en la lista, existe gustos y preferencias diversas. No se puede ver un género predilecto, menos un esquema regular de sus orientaciones ideológico-políticas en el estante de Armando. Todo se hace una sola idea para extraer lo mejor de esta. Su aprecio por la literatura castellana y francesa, marcas resaltantes en sus obras, son reflejos tempranos de su inclinación europea a seguir los pasos de sus referentes literarios. La miscelánea de leer cuanto texto caía en sus manos era un común denominador entre los escritores del 900, debido a la heterogeneidad de espacios de sociabilidad en que frecuentemente debatían, analizaban y presentaban su posición respecto a cómo veían el desarrollo de la literatura boliviana.

Un texto resaltante en esta lista es el manual Figuras de Geometría de su abuelo Gregorio Chirveches. Esta obra pedagógica sirvió para la instrucción secundaria y universitaria a mediados del siglo XIX, según me comentaba Pancho. Hojeando la obra, se destaca los finos trazos y fórmulas matemáticas para explicar alguna teoría y determinar el ángulo de una forma geométrica.

Esta obra seguía entre los cuadernos de Chirveches y se encontraba en un buen estado de conservación. Algo que había observado en este primer cuaderno fue el cambio brusco de la letra de Armando. Sea gusto de desocupados o de asiduos curiosos, pudiendo ser un tema de interés para un grafólogo o un paleógrafo, las palabras escritas por él al inicio tenían un estilo soberbio adornado con detalles excelentes en el manejo de la pluma, pero que, en el trascurso del recorrido del cuaderno, la letra se empezaba a deformar y se hacía apenas entendible. Posiblemente estos apuntes corregidos fueron también la marca de su estado emocional al momento de perfilar un relato o una traducción de un poema en diferentes fechas, volviendo a reinstalar una idea que yacía incompleta. En último caso se dedujo que Yolanda o algún nieto del autor de La Máscara de Estuco había invadido este cuaderno con sus garabatos y letras chuecas.

Continuando con la descripción de este primer cuaderno, se alzan dos carátulas. La primera, Colección de Artículos, donde son ideas, esquemas y dibujos de propuestas del mundo literario que estaba creando. Presumiblemente, estos textos inéditos eran parte de un futuro libro, debido a que también existían fragmentos de sus autores predilectos. Sin embargo, los textos enfocan relatos costumbristas, poesías cortas y biografías. Desfilan nombres como el observador de la historia: el italiano César Cantú (1804-1895), conocido por su Compendio de Historia Universal. Manual muy seguido por los escritores latinoamericanos que sirvió para asimilar el mismo esquema metodológico de investigación que usaba y, a decir de Armando, fue “un ejemplo de perseverancia, como ha habido pocos en la historia”; fragmentos de la poesía romántica del venezolano Abigaíl Lozano (1821-1866), el famoso poema ¡Amor!, del español Gaspar Núñez de Arce (1832-1903) o los versos del francés Víctor Hugo (1802-1885). Las apreciaciones espirituales, idealistas y apasionadas de estos vates llamaron fuertemente la atención del novel y futuro poeta paceño, etiqueta que trataría de sacarse encima para adoptar exitosamente en la de novelista en los siguientes años. La segunda carátula Pensamientos, sentencias y agudezas de Muchos Grandes Hombres engloba, en su mayoría, autores franceses como Voltaire, Rousseau, Bossuet, La Rochefoucauld, Saint-Beuve y la fina aristócrata Ninon de Lenclos. Estas apreciaciones están acompañadas por dibujos de paisajes caracterizados por colores tenues que describen el estado de ánimo al momento de haber pintado estas simbólicas apariencias de la naturaleza melancólica. La soltura con que maneja su caos estético en el orden estricto de mover su sistema de escritura a diferentes niveles narrativos es muy palpable en este cuaderno. Trazos, tachaduras, tinta diseminada, bocetos y hojas rotas son un recuerdo del trabajo que un escritor entrena su ingenio para provocar un paliativo eficaz a sus inquietudes sentimentales. Armando es un referente de la perseverancia temprana de su necesidad de ser catalogado como escritor por encima de la del abogado.

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