viernes, 29 de mayo de 2026

LOS ESCRITOS DE UN JOVEN ARMANDO CHIRVECHES

 Los escritos de un joven Armando Chirveches



Oscar Córdova Sánchez

Médico y docente

Articulo publicado en el suplemento dominical La Ramona. Ver: https://www.ramonacultural.com/contenido-r/los-escritos-de-un-joven-armando-i/

Hace tres años, motivado por las continuas formas de enriquecer mis conceptos sobre literatura nacional y la búsqueda de espacios que fomenten a esta, hallé, por ociosidad de un día y recomendación de un historiador, la Biblioteca (ahora Archivo) Gonzalo Bedregal Iturri, cuyo custodio, su hijo y heredero, Juan Francisco Bedregal, recolectaba, catalogaba y [re]encontraba obras de antaño, revistas culturales, periódicos decimonónicos, cartas mecanografiadas, folletos, libelos, programas políticos y todo lo relacionado al quehacer intelectual boliviano del siglo pasado y del XIX. Entre papeles viejos,estantes antiguos y varias conversaciones diversas y dispersas Pancho, poco a poco, ampliaba su confianza para comentarme sobre algunas curiosidades heredadas de su archivo y la historia del sitio que alojaba esta singular colección. Esta casa recogía una cronología íntima de los intelectuales que se reunían en ella. Tanto su abuelo paterno, el poeta, humorista y siempre feliz Juan Francisco Bedregal (1883-1944), como el materno, el Arq. Emilio Villanueva Peñaranda (1882-1970), fueron una demanda de relaciones sociales entre la elite intelectual boliviana de ese tiempo. Pronto la biblioteca sería un espacio común de ideas y pensamientos en distintas épocas; más aún cuando Yolanda, tía paterna de Pancho, fue seducida por la poesía y la comunión artística.

En varias ocasiones, hablando de la época cultural más fructífera en la prosa boliviana durante el periodo liberal (1899-1920), frecuentábamos anécdotas escritas y no escritas que enriquecían las charlas que duraban hasta altas horas de la noche. Este periodo fue, con sus representantes e intelectuales cuyas obras -en su mayor medida novelas- inauguraron un discurso incrustado en analizar la mentalidad del boliviano del 900, seccionada en sus distintas etapas y clases sociales. Es así, como pasamos a las charlas del famoso novelista, poeta, diplomático y mejor amigo de su abuelo paterno: Armando Chirveches Pérez del Castillo (1881-1926).

Los diálogos se sucedían cada jueves en la tarde, único día donde se podía visitar este espacio privado, ubicado en la calle Goytia y a una cuadra del Monoblock Central. Por la demanda de saber más allá de las lecturas y estudios que se hicieron sobre Chirveches, Pancho sacó de su escritorio algunos textos del novelista. Era unos cuadernos manuscritos con forro oscuro que contenían poesías, relatos, biografías cortas, dibujos, tratados internacionales e información sobre política exterior. Era una amalgama de sus primeros intentos de escritor de este novel poeta paceño y era un fenómeno tan fecundo que tenía el talento desde el colegio que adquiría potencia en la universidad y se entrenaba en la prensa paceña. El lapso de estos manuscritos estaba entre 1895 y 1912 aproximadamente.

La idea se prendió de un foco neuronal a otro. Concebir un texto, transcribir lo más selecto, hacer un análisis crítico de estas escrituras perdidas; además, seleccionar algunas cartas que enviaba desde Rio de Janeiro, Antofagasta o Paris a su amigo y colega Alcides Arguedas, quien, años después, tuviera que despedir al autor de La Candidatura de Rojas, mediante un relato más que  romántico o idealista fue del tipo fatalista, realista y macabro sobre la neurosis que, después de vanos intentos de encontrarse con su amigo de universidad, se dio dos disparos, consumándose en un suicidio acaecido en 1926 en la ciudad de las luces. De esta manera, Armando apagaba su larga y triste dolencia espiritual a sus 45 años.

Mediante más lecturas de sus otras obras poco conocidas y los estudios de sus críticos literarios (Albarracín, Barnadas, Coy, Brusiloff, Paz Soldán entre otros) corroboré datos y unía el rompecabezas literario del momento, añadiendo el vasto -aún no estudiado del todo- género epistolar, que compactaba una síntesis estética del discurso moral de estos pensadores. Todo este empeño fue una experiencia altamente enriquecedora que, unida a la información bibliográfica, se entendía otras facetas del novelista en sus primeros años. La labor se convirtió en un pasatiempo y la lectura chirvercheana en un gusto. Rendíamos, entonces y sin pensarlo, tributo a aquellos hombres de letras através de sus preocupaciones nacionales. Entendí sus sensibilidades a partir de los libros que leían y dialogábamos problemas todavía no resueltos como el caudillismo popular, el arribismo histriónico y las malversaciones estatales.

El sociólogo Salvador Romero Pitarri (1938-2012) dio un pantallazo detallado sobre el pensamiento social de los intelectuales de inicios del siglo XX a través de las figuras, símbolos y conceptos de sus textos, describiendo algunas características esenciales y tomando como base la lectura de varias novelas de esta camada de pensadores, logrando identificar en ellas las direcciones filosóficas, políticas y sociológicas que inundaron el espacio de la pequeña ciudad letrada, arrastrando posiciones firmes al cómo veían a Bolivia, según su educación y sus inclinaciones ideológicas (des)heredadas. Papeles impresos diversos que convivían en los debates entre lectores, libreros y escritores; categorías sociales angulares que envolvieron los discursos de ese primer tercio de siglo. Siguiendo esta misma lógica, encontramos en Chirveches esas brisas de cambios sociales y preferencias ideológicas mediante sus lecturas y autores preferidos, ahora avocándonos en sus manuscritos. Desde su primigenia biblioteca hasta sus biografías cortas sobre historiadores franceses, la perspectiva artística se abría en él para formar su propio universo literario con sus personajes, lugares y descripciones particulares.

Empezando con el primer cuaderno –el más diverso en cuanto a temas– se puede leer el catálogo de su biblioteca realizado por él mismo. Una lista de más de cien obras, donde no se encuentra un orden establecido particular, ni por autor ni por género literario. Esta lista se puede dividir en dos partes: la primera, literatura extranjera y la segunda, literatura boliviana. Obras de autores como Samuel Smiles, Benjamín Franklin, Alphonse de Lamartine o Alejandro Dumas fueron vastamente leídos por el novel escritor; como también se encuentran en su catálogo títulos nacionales de Mercedes Belzu de Dorado, Joaquín de Lemoine, Santiago Vaca Guzmán o Narciso Campero. Se puede leer una cantidad considerable dedicada a los diccionarios, entre los cuales destaca el Diccionario español, latino-español y francés-español. También están tratados de retórica, gramática castellana y latina de Andrés Bello y Raymundo de Miguel, dándonos cuenta su especial interés sobre la correcta escritura, la adecuada forma del lenguaje y la perfecta manera de ordenar ideas para generar un punto de análisis, características que dominaría a futuro con bastante ingenio como puede verse en sus novelas o columnas periodísticas cuando se trataba un tema político o social. Como se puede observar en la lista, existe gustos y preferencias diversas. No se puede ver un género predilecto, menos un esquema regular de sus orientaciones ideológico-políticas en el estante de Armando. Todo se hace una sola idea para extraer lo mejor de esta. Su aprecio por la literatura castellana y francesa, marcas resaltantes en sus obras, son reflejos tempranos de su inclinación europea a seguir los pasos de sus referentes literarios. La miscelánea de leer cuanto texto caía en sus manos era un común denominador entre los escritores del 900, debido a la heterogeneidad de espacios de sociabilidad en que frecuentemente debatían, analizaban y presentaban su posición respecto a cómo veían el desarrollo de la literatura boliviana.

Un texto resaltante en esta lista es el manual Figuras de Geometría de su abuelo Gregorio Chirveches. Esta obra pedagógica sirvió para la instrucción secundaria y universitaria a mediados del siglo XIX, según me comentaba Pancho. Hojeando la obra, se destaca los finos trazos y fórmulas matemáticas para explicar alguna teoría y determinar el ángulo de una forma geométrica.

Esta obra seguía entre los cuadernos de Chirveches y se encontraba en un buen estado de conservación. Algo que había observado en este primer cuaderno fue el cambio brusco de la letra de Armando. Sea gusto de desocupados o de asiduos curiosos, pudiendo ser un tema de interés para un grafólogo o un paleógrafo, las palabras escritas por él al inicio tenían un estilo soberbio adornado con detalles excelentes en el manejo de la pluma, pero que, en el trascurso del recorrido del cuaderno, la letra se empezaba a deformar y se hacía apenas entendible. Posiblemente estos apuntes corregidos fueron también la marca de su estado emocional al momento de perfilar un relato o una traducción de un poema en diferentes fechas, volviendo a reinstalar una idea que yacía incompleta. En último caso se dedujo que Yolanda o algún nieto del autor de La Máscara de Estuco había invadido este cuaderno con sus garabatos y letras chuecas.

Continuando con la descripción de este primer cuaderno, se alzan dos carátulas. La primera, Colección de Artículos, donde son ideas, esquemas y dibujos de propuestas del mundo literario que estaba creando. Presumiblemente, estos textos inéditos eran parte de un futuro libro, debido a que también existían fragmentos de sus autores predilectos. Sin embargo, los textos enfocan relatos costumbristas, poesías cortas y biografías. Desfilan nombres como el observador de la historia: el italiano César Cantú (1804-1895), conocido por su Compendio de Historia Universal. Manual muy seguido por los escritores latinoamericanos que sirvió para asimilar el mismo esquema metodológico de investigación que usaba y, a decir de Armando, fue “un ejemplo de perseverancia, como ha habido pocos en la historia”; fragmentos de la poesía romántica del venezolano Abigaíl Lozano (1821-1866), el famoso poema ¡Amor!, del español Gaspar Núñez de Arce (1832-1903) o los versos del francés Víctor Hugo (1802-1885). Las apreciaciones espirituales, idealistas y apasionadas de estos vates llamaron fuertemente la atención del novel y futuro poeta paceño, etiqueta que trataría de sacarse encima para adoptar exitosamente en la de novelista en los siguientes años. La segunda carátula Pensamientos, sentencias y agudezas de Muchos Grandes Hombres engloba, en su mayoría, autores franceses como Voltaire, Rousseau, Bossuet, La Rochefoucauld, Saint-Beuve y la fina aristócrata Ninon de Lenclos. Estas apreciaciones están acompañadas por dibujos de paisajes caracterizados por colores tenues que describen el estado de ánimo al momento de haber pintado estas simbólicas apariencias de la naturaleza melancólica. La soltura con que maneja su caos estético en el orden estricto de mover su sistema de escritura a diferentes niveles narrativos es muy palpable en este cuaderno. Trazos, tachaduras, tinta diseminada, bocetos y hojas rotas son un recuerdo del trabajo que un escritor entrena su ingenio para provocar un paliativo eficaz a sus inquietudes sentimentales. Armando es un referente de la perseverancia temprana de su necesidad de ser catalogado como escritor por encima de la del abogado.

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