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domingo, 27 de marzo de 2022

APUNTES PARA UNA BIOGRAFÍA DE ANTONIO PAREDES-CANDIA

APUNTES PARA UNA BIOGRAFÍA DE ANTONIO PAREDES CANDIA


Antonio Paredes-Candia a sus 20 años en su servicio militar en 1944.



Por Oscar Cordova Sanchez 


Los comienzos de un gran talento suelen tener grandes proyectos con pequeños espacios para ocupar ese universo que llamamos arte. Antonio Paredes-Candia (1924-2004) surge más allá de esas visiones colectivas, donde lo particular de un lugar o grupo social se logra hacer general y dinámico, compartiendo nuestras tradiciones, leyendas o mitos; profundizando nuestras sensibilidades ancestrales de nuestro pasado común. Un aura espiritual lleva cada libro suyo que yace siempre buscado para ser leído.

Para comprender un esbozo general de los datos que se desconocen sobre la vida de Antonio se debe mencionar, como ya se sabe, la educación recibida por su padre Manuel Rigoberto Paredes (1870-1951), escritor, tradicionalista, político y más que todo un amante de la raza aymara y sus costumbres, fue de vital importancia para los futuros trabajos que continuaría su hijo. 

Esa inquietud, siempre curiosa, por los habitantes del altiplano dejó como legado a sus hijos y en especial a Antonio, quien se pasaba desde muy niño leyendo libros sobre sociología, historia y literatura. 

INICIOS 

Antonio con mucha empatía y generosidad veía siempre el alma nacional en la raza aymara, núcleo fundamental de sus estudios, que exigía un corpus histórico sobre el lugar donde nacieron. Otra constante que llevó en su vida desde niño fue el viaje y la lectura de libros, netamente enmarcados en el folclore boliviano y autores de su predilección como Arthur Posnansky, Fray Nicolas Armentia, José Agustín Palacios, Ricardo Palma, Vicente Ballivian o Julio Lucas Jaimes. Desde su adolescencia fue un ser inmiscuido en la labor de corregir textos, colocar tapas y ser recolector de folletos, manuscritos y documentos para resguardarlos en un lugar de su extensa biblioteca. Con el tiempo se haría un gran investigador y construiría un nuevo concepto sobre el folclore boliviano y hacia dónde va, uniendo varios hilos en temáticas como sociología, leyenda, tradición, literatura, historia y política. 

LA EDITORIAL ISLA

Para este esbozo necesitamos la colaboración de Huascar Paredes-Candia Mamani, hijo de Antonio, quien nos revela unos datos importantes sobre los inicios de la Editorial Isla, nombre inspirado por el mismo hecho que la lectura y la publicidad de libros bolivianos se encuentran, hasta el día de hoy, en el ostracismo pedagógico del país. 

La idea nació en el centro minero de Quechisla, en el departamento de Potosí, cuando Antonio cumplía sus labores como profesor de primaria de una escuela en esa localidad.

Fundada en 1955, sus primeros textos fueron pequeñas revistas conocidas como pimpollitos que eran cuentos para niños con varias ilustraciones. Títulos como Botones de Oro, Villaco o la Gaviota fueron, en primera instancia, para enseñanza a sus estudiantes. 

De a poco, con la editorial en crecimiento, junto con su hijo, viajaba con su k'epi de libros a distintos lugares de Bolivia como Yacuiba, Villamontes, Villazón donde su fecunda labor de compartir y dar a conocer libros bolivianos hizo que en varias ciudades se realicen las primeras ferias de libros en plazas principales. Esto ayudaba, además, a promocionar a escritores noveles como Rene Poppe, Victor Vara Reyes, Manuel Vargas o escritores destacados del momento como Guillermo Lora, uno de sus mejores amigos, Julio Diaz Arguedas, Ramiro Condarco Morales, Guillermo Francovich entre otros. Si bien Antonio publicaba nuevos títulos, no había auspicio estatal para presentar las novedades; entonces, en cada viaje, se hacía la presentación junto con la inauguración de la feria.

En la década de los 60 y 70, Antonio Paredes Candia ya había recorrido más de 80 % de Bolivia, dando a conocer varios títulos que la editorial Isla publicó. Tanto fue la atracción de estos libros, en su mayoría de bolsillo, que rápidamente se acababan antes que otros títulos extranjeros. 

FORMATO DE LOS LIBROS DE LA EDITORIAL 

Una de las características de los libros de su editorial fue el formato. Mayormente los pliegues de hojas eran colocadas en cada libro, pero sin ser cortadas, dando como reto al lector cortar las hojas de papel al momento de leer el libro. Otra de sus innovaciones fue la promoción de biografías de personajes bolivianos en su colección llamada Destinos que incluye 18 títulos biográficos sobre escritores, artistas y pedagogos destacados del pasado. Acá podemos encontrar biografías como de Ismael Sotomayor,  Gabriel Rene Moreno, Maria Josefa Mujia o Vicente Pazos Kanky.

ALGUNOS RELATOS Y CUENTOS DE ANTONIO

Huascar, tratando de recordar un poco sobre el origen de algunos títulos de su padre, menciona que siempre portaba una libreta donde escribía cualquier dicho popular, leyenda o hecho curioso de un lugar. De cierta manera, recopiló varias anécdotas que, a futuro, terminaron en varios títulos conocidos por el público nacional, combinando su vida a través del viaje y la experiencia. 

En "Aventuras de dos niños" (1986), hace una comparación de la ingenuidad rural migrando a la ciudad. En el caso de "Isolda: historia de una perrita" (1996), Paredes narra la biografía de su fiel compañera canina. En el libro "Ellos No Tenían Zapatos" (1989), fue la dramática vida de Antonio en sus primeros años viviendo en la zona de Villa Ingenio, el cual no tenía servicios básicos en muchas viviendas, viendo esto cada día a varios niños lustrabotas bajar a la ciudad de La Paz, fue el fruto de inspiración para su famosa novela corta. Además, cultivó la investigación sobre el folclore de nuestro país, plasmados en sus libros como "Tradiciones Bolivianas", "Fiestas Populares de Bolivia", ambas publicadas en 1976; recopiló nuestra costumbres populares de nuestra ciudad en el libro "De la Tradición Paceña" (1982). 

Uno de los títulos que más se vendió fue Leyendas de Bolivia (1986), teniendo varias reediciones. Siendo uno de los libros más vendidos de toda la bibliografía de Antonio Paredes Candia.

La última reedición fue publicada el 2021, financiada por Word Analytica Oy, y editada por Mario Aguilera, en una edición de lujo con una tapa empastada y hojas con el borde dorado.

Al día de hoy la familia Paredes-Candia, continúa con la reimpresión de libros de la extinta editorial Isla,  a pesar de la digitalizacion de varios libros. Don Huascar desde su puesto en la avenida 06 de marzo en la ciudad de El Alto sigue recibiendo visitas de investigadores y literatos donde se informan de algún tema para estudiar la obra de Antonio Paredes-Candia y conocer los más de 120 títulos que produjo y encendió la mecha de la investigación sobre nuestro pasado, tan lleno de misterios, orígenes y, más que todo, costumbres. 

domingo, 6 de junio de 2021

Sexo, hegemonía y cultura en Bolivia: Un análisis inconcluso de Paredes Candia

Sexo, hegemonía y cultura en Bolivia: Un análisis inconcluso de Paredes Candia.
Por Oscar Cordova Sanchez
La bibliografia es muy escasa en relación a la trascendencia histórica que tuvieron aquellas primeras mujeres que desarrollaban el comercio con su cuerpo y labia. No es difícil asimilar que hasta ahora para muchos sigue siendo un tabú y que mejor se debería dar rienda suelta a la imaginación colectiva sobre los pecados de aquellos hombres que saciaron su sed. Hasta ahora existe un libro, de una serie de diez títulos que nunca fueron publicados, que marcó una línea para develar los orígenes de la prostitución en nuestro país.
Publicado en 1998, el título del primer fasciculo es llamativo. "De Rameras, Burdeles y Proxenetas. Historia y tradición", publicado por Ediciones Isla, aquella casa editorial que publicaba títulos y estudios más que sugerentes. La dedicatoria era para aquellas "hadas madrinas que tomaban en belleza la tosquedad del existir". Este primer capitulo, ordenado cronológicamente, sería la primera serie de la colección "La Vida Galante del País", que incluia otros títulos como: “Diplomáticos que dejaron historia sexual”, “Pequeñas biografías de bujarrones célebres” o “Picardías y curiosidades sexuales”. Así, truncado sólo en el primer fasciculo que ahora abordaremos, Paredes Candia hubiera publicado una aproximación casi completa de la historia sexual en las calles de nuestro país. 
El libro está dividido en dos partes: El primero es un recuento cronológico del desarrollo de la prostitución en Potosí, Sucre y La Paz, otorgando más cabida a esta última por tener varias zonas donde funcionaron estos negocios de intercambio sexual; el segundo, describe las leyes, reglamentos y los nombres vulgares con que se señalaban a aquellas mujeres.
En la época de esplendor, Potosí, entre el siglo XVII y XVIII, muchas mujeres españolas y mestizas se dedicaban al negocio y como crecía de poco a poco, fue frecuentado por potentados, nobles y gente de toda estirpe social, siendo los oficios más solicitados; y con el paso del tiempo censurada por imposiciones eclesiásticas. Entre los escritos de ese tiempo, se encuentran los de Jimenez de Espada y Bartolome Arzans de Orsua y Vela. 
En relación a la ciudad Sucre, antigua Charcas, se tiene los inicios de la prostitución de manera más precisa. Paredes menciona a Jose Antonio Del Busto Duthulburu, donde refiere este acontecimiento: "Las busconas o rameras pueden tener su principio con Juana Hernandez... pero pruebas más fehacientes señalan a Maria del Toledo, que ejercía la prostitución en la Villa de la Plata (Sucre)". Pero todo el.contexto general y de búsqueda histórica de la prostitución se inicia en los albores del siglo XX, con el arribo de las chilenas al país. Tristán Marof hace una síntesis del ingreso de las chilenas a Sucre: "Por ese tiempo llegaron a Sucre por primera vez, unas mujeres chilenas y pusieron un burdel. El escándalo en la sociedad fue mayúscula, pues su conservantismo era rígido y cerrado". Paredes da a conocer que ellas venían por el buen camino económico que nuestro país tenía en la época liberal. Con el pasar de los años y ante una invasión carnal hacia los jóvenes sucrenses, damas católicas, sectores conservadores y eclesiásticos lograron la clausura de la “Casa de las Niñas”, burdel fundado por las damas chilenas. En su caso, migraron a la ciudad de Oruro y, posteriormente, se volverían a reinaugurar varios burdeles, después de la Guerra del Chaco. 
En cuanto al contexto histórico de la ciudad de La Paz, Paredes realiza una labor dedicada y con mucha abundancia de nombres, lugares y personajes que coadyuvaron a la aparición de estos centros de lujuria y placer. El inicio de la prostitución en La Paz se inicia en los años 70 del siglo XIX, algo tardío en comparación con otras ciudades. Este fenómeno se caracteriza por la llegada de damas peruanas. Su lugar de acogida, “La Casa de las Limeñas”, ubicada en la actual calle Colombia, fue el primer prostíbulo conocido y diseñado para una estética de clase internacional. Con el tiempo, la casa se fue vaciando, ya que muchas damas encontraban el abrazo de algún galán que las sacaba de tal lugar y oficio. Manuela Arteaga, dueña del inmueble, al ver que nadie quería alquilar tal lugar, lo puso en venta para el año 1875. Algunas peruanas que tuvieron la misma suerte que sus compañeras, deambulaban por la ciudad encontrando al barrio de Chijini como un lugar propicio para volver a ejercer su oficio. Fue en este paso al siglo XX donde Chijini adquirio popularidad por la marginalidad de sus habitantes y sus damas que adquieron el hábito del baile y la bebida constante. 
Ya entrado los primeros años del siglo XX, Ismael Montes, siendo presidente de la República, quería crear al estilo extranjero un burdel elegante para los hijos de la alta alcurnia paceña, delegando a un ministro trajo a varias damas chilenas y se instalaron en una casa antigua localizada en la calle Sucre, a la altura de la calle Jaén. “La Torre de Oro”, que era así conocida, era frecuentado por políticos y que, la lengua popular, señalaba al presidente asistir para beber champagne hasta altas horas de la noche. Con el tiempo, se fue denominando a cualquier mujer de 'vida airada' con el titulo de 'chilena'. En cuanto a las clases medias y bajas, se inauguraron nuevos locales por el famoso callejón Conde-Huyo. Al decir de Paredes, menciona que 'estaba llena de tiendas de abarrotes y algunas bodegas de ínfima categoría'. A esto se sumaba los burdeles de prostituas que se les llamaba 'peseteras', por el pago de la sesión, que era ochenta centavos o una peseta. Estas damas se distinguían de otras por portar un pañuelo rojo en la cabeza. Entre las más conocidas estaban la negra Betún Kunca, la Chava Rosa, la Carmen Rosa o la Mokha Elena. Otro caso fue el de las mutinchas, que eran mujeres de alta categoría, entre sus clientes estaban ministros y presidentes como David Toro o Enrique Peñaranda. Tanto fue su fama que escritores como Carlos Medinaceli escribieran para la clausura definitiva de la calle, que lo primordial era la amenaza venerea y “extirpar de raíz esta clase de negocios ilícitos que comerciando con personas en forma asquerosa e antihigienica, van propagando diferentes enfermedades sexuales”. 
Más aún, después de varios intentos de clausurar estos espacios, sólo fue ejecutado cuando remodelaron la plaza Alonso de Mendoza. Entre otras calles y damas se describe la calle Coroico, con el burdel de “La Blanca y El Lejano Amor”, frecuentado por prostitutas, homosexuales y lesbianas, regentado por el kjumu Aramayo; la calle Uchumayo, con la casa de citas de “La Negra Victorina”; la calle Castro, con las consentidoras, que eran aquellas mujeres que aceptaban que su casa sea el lugar de encuentro sexuales; la calle Sajama, con sus burdeles en toda la calle y sus damas como Mamá Grande o la Tuerta Pastora. Entre todas se menciona al callejón Topater, que tenía dos famosos prostíbulos, que eran, en ese momento, los más conocidos por la cofradía paceña. Uno de estos fue dirigido por la chilena Ana Ramirez, quien daba instrucciones y lecciones a sus nuevas empleadas, para dar una forma más placentera al sexo opuesto. Paredes menciona que tenía un amante de fina categoría política y literaria; ese fue "Augusto Céspedes, el famoso y admirado 'Chueco' Céspedes, escritor boliviano de fama internacional". Con toda la diversión, fama y codicia los prostíbulos tenía a su manera su fama por características singulares. Pero también, las damas cumplieron un rol durante los tiempos bélicos: es el caso de la Guerra del Chaco.
En los primeros meses, los militares abusaban o violaban a varias mujeres de diferentes etnias, entre ellas los matacos, chulupis o tobas. Pero, por los contagios con enfermedades venereas, el gobierno de Daniel Salamanca ordenó llevar al Chaco a mujeres que ejercían su labor sexual. Se crearon tres regimientos de prostitutas: Luna, para oficiales y subtenientes; Terán, para suboficiales, sargentos y cabos; y Cabo Juan, para la tropa en general. En Villamontes, se creó La Casa Blanca, donde la Marihui, la más deseada por la tropa, sólo daba su cuerpo a aviadores o la Mis Chawaya que daba servicio a suboficiales y grados superiores. También fue famosa “La Trimotor”, cuya habilidad era saciar los deseos sexuales con tres hombres a la vez. Fue en esta época donde se operó el comercio sexual de manera elevada. Con el pasar de los años, se añadían diferentes reglamentos, Casa de la Tolerancia o Prostitución, donde se especifica el control higiénico de estas damas y sus sanciones correspondientes si adquirían alguna venerea. Paredes nos muestra otra historia oculta de nuestro país, aquella que todavía sigue sin terminar de tejer y que es momento de abarcar estos momentos que todavía siguen un curso disperso.

lunes, 25 de mayo de 2020

ANTONIO PAREDES CANDIA Y SU VISIÓN SOBRE LOS CURAS

ANTONIO PAREDES CANDIA Y SU VISIÓN SOBRE LOS CURAS

Escrito por Oscar Cordova Sanchez
En el año 1975 se lanzaba al mercado la segunda edición del libro titulado “Cuentos de Curas” del escritor Antonio Paredes Candía (1924-2004) éste libro que en realidad son relatos y anécdotas, formó parte de la colección “Folklore Secreto” que incluía algunos libros como “Urdimalis en Tarija” de Víctor Vara Reyes o “La picardía en el Cancionero Popular” de la editorial ISLA, que Paredes era editor y fundador. 
El pequeño libro publicado por primera vez en 1972 contiene algunas anécdotas sobre las condiciones negativas de ciertos sacerdotes que sólo en misa muestran la fe y bondad. Posteriormente el libro fue corregido y aumentado con algunos “dichos” de estos sujetos, mostrando su condición de cometer pecados y engañando a la población en su prédica, rectitud y honestidad. Los aspectos que toma Paredes Candia sobre estos personajes fue en su influencia desde los tiempos coloniales y la manera de conseguir feligreses atribuyendo la salvación a través de los mandatos de Dios. 
En la segunda edición habla de tan singular personaje vestido con una sotana y con la biblia en la mano de una manera humorística, sarcástica y reprobable sobre su vida.  Amartelado por el deseo sexual y atraído por esposas, cholitas y fieles devotas de la prédica en la Iglesia que eran la diversión de curas, sacristanes y diáconos. 
A decir del autor del libro, el significado de publicarlo tuvo por “finalidad e enriquecer nuestra magra bibliografía del género picaresco, y también por que la literatura oral condimentada al modo nacional, tal cual las viandas paisanas, no se pierdan en el injusto olvido”. Paredes justifica menester sacar a luz los retoques que hombres de sotana sacudieron no solo las mentes de sus fieles seguidores, sino las piernas de alguna cholita, allá en el vasto territorio nacional. 
En su “Noticula” al inicio del libro menciona algunos curas famosos por sus apetitos sexuales con varias mujeres sean casadas, adolescentes o ancianas.  Es el caso de la deidad aparecida en la época colonial llamada “Kharisiri” que es un “fraile franciscano que lleva una campanilla y una cajita con afilados cuchillos. Se presenta en los caminos a los viajeros que descuidadamente quedan dormidos, para después aprovechando el sueño de los incautos, sacarles la grasa humana del costado izquierdo y cerrarles la herida en forma invisible”. No solo las supersticiones influyeron en la manera negativa hacia los curas, fueron también otras como la costumbre de depositar ocho días o más de tres meses en las parroquias a las mujeres de los indígenas para su adoctrinamiento en la fe católica; este hecho fue común a principios de la naciente República de Bolivia. 
Poco a poco la tradición oral de nuestro país se fue llenando de cuentos, anécdotas, dichos y misterios sobre la dirección del Clero y su función en la administración económica de ciertas regiones, sus deseos carnales y sus “curaj wawa” que se denominaba al hijo de un matrimonio indígena cuya esposa tuvo “contacto” con algún cura. 
Paredes menciona dos personajes famosos del clero que en Bolivia hicieron sus fechorías y fantasías a la par que su vida privada rondaba por las lenguas de la población. El primero, un Obispo de la ciudad de La Paz que todas las noches tocaba la puerta de las monjas de claustro para dormir y “obligando que le alegraran la velada dando cantos y danzas non sanctas”. El segundo caso fue el cochabambino padre Pozo que fue “trovador, guitarrero, con amores de marinero, en cada cuadra una mujer”, fue tanto su descaro que el propio obispo de ese entonces, monseñor Pierini, suspendió las licencias del padre Pozo para celebrar misas.
El libro consta de 29 relatos sobre la vida de ciertos curas, todos sin mencionar su nombre, en diferentes partes de Bolivia. Estos relatos mayormente son de Cochabamba y La Paz, aunque no tiene fecha la mayoría de cuando se produjo. En la segunda edición se aumentó algunos con fecha entre 1972 y 1974. 
Todos constituidos con el título “Donde se cuenta…” tiene en su contenido pequeños rasgos de los pecados en que incurren estos personajes. Los relatos se centran en temas como: la pasión carnal por la mujer, los hijos adoptados, hipocresía sobre la sociedad de ese entonces y el encubrimiento de abusos hacía la esposa del Sacristán. Uno que podemos nombrar es el relato “Donde se cuenta de los ardides de que se valió el sacristán para confesar al señor cura” por su tono humorístico y sarcástico, que tiene que ver entre la mentira, la ironía y el silencio parroquial de sus pecados. Lo reproducimos a continuación:
“Era un sacristán en vaciar el cepillo. El dinero de las limosnas recorría de las manos de los feligreses a la alcancía y de esta a los bolsillos del ayudante. Cansado el Tatacura de no recoger un solo centavo, un día llamó al sacristán, y muy serio le dijo:
- Hijo mío, hace mucho tiempo que no cumples con el sagrado mandamiento de la confesión, arrodíllate. El sacristán temeroso se acercó al confesionario y escuchó atento las primeras preguntas que el sacerdote le hacía:
- Hijo mío, tu sabes ¿quién roba el dinero de las alcancías? – repitió el sacerdote en vista de que el confesado no daba muestras de vida. Después de una pausa larga, larga, repuso el sacristán:
- No se oye Tata…
El cura repitió varias veces la misma pregunta, obteniendo como única respuesta: “no se oye Tata”. El confesor, picado de curiosidad le dijo:
- “¡Cómo no se va a oír!”, hagamos lo siguiente, tú entra al confesionario y habla para que me convenza si realmente no se oye. El sacristán entro al confesionario y desde adentro le preguntó al cura:
-Sabe usted Reverendo ¿Quién fornica a la mujer del sacristán de la iglesia cuando éste va a cumplir los mandados de su Reverencia?
- ¡Ah! Caramba – exclamó aturdido el párroco – tienes razón hijo mío, no había sabido oírse. Y lo absolvió”.
Mientras que otros de los relatos enmarcados en el libro son muy directos y muestran al ser degenerado, morboso y abusivo, antes que al cura bondadoso y recto; pero que al final cae por las desgracias de la lascivia, como en el relato “Donde se cuenta  lo acontecido a un cura aprovechador y a una confesante ingenua”, reproducimos el texto que difiere mucho del anterior:
“Era un curita fullero capaz de limpiar el sable veinte veces al día y quedar como si estuviera en ayunas. Oportunidades no le faltaban y él tampoco las desechaba.
Un día ocurrió lo siguiente: se acercó al confesionario una guapa hija de Eva, que de la cintura para abajo tenía más opulencia que de la cintura para arriba, o sea que era hembrota al izquierdo y al derecho. Se arrodilló frente al confesionario y después de las oraciones rituales empezó a musitar: 
- Padre, he pecado muy feo, padre.
- ¿Cómo es eso hija? - preguntó el cura.
- Es una cosa muy fea que me ha hecho mi primo fulano.
- ¡Ay hija, ay hija!- habló el Padre, y con  el pretexto de averiguar el pecado que no se atrevía a confesar la mujer, la condujo a la sacristía. 
- Allí es más fácil que confiese hija - le dijo en actitud de no dar importancia a lo que había escuchado. La mujer, llorosa, le siguió al curita pendejo. Ya dentro de la sacristía el cura la atrajo hacia un estrado antiguo y abrazándola le preguntó:
- ¿Así te ha hecho?
- Algo más feo, Padre.
La besó apasionadamente y le preguntó en tono almibarado:
-¿Entonces así?
-Peor, Padre. 
El cura aprovechó el momento para desnudarla. Cuando la tuvo desnuda empezó a acariciarla golosamente y poseerla en diferentes poses sexuales, pero después de cada una, la respuesta a la pregunta, siempre era la misma: -Algo más feo, Padre. 
Cansado de poseerla y de haber hecho con ella todo lo que la imagen lasciva ha inventado, ya con fastidio le preguntó.
-Ya hecho todo lo que podía haberte hecho tu tal primo y a todos respondes: “algo más feo, Padre”. Entonces ¿Qué te ha hecho ese perillán? Y la mujer, blanqueando los ojos, le respondió en tono compungido:
-Me ha contagiado una gonorrea y una sífilis, ¡tremendas!, Padre. El curita al escuchar esa confesión de hora nona, se desplomó de espaldas”. (Recogido en la ciudad de La Paz, 1972).
Es así que vemos que la cómplice también acá es la mujer, que a sabiendas de los hechos, aún sigue la corriente al cura que se corrompe y la usa como objeto de deseo sexual. Son estos relatos que muestran la sociedad que en ese tiempo a ocultas decía las calamidades de estos hombres de “bien” y que no todos cumplían con la ley de la castidad; con el propósito primero de sacar sonrisas con estas anécdotas y después tomarlas con seriedad si vemos que aún hoy en día se siguen practicando esta clase de acciones que la única demanda que tienen es la queja y no la denuncia sobre hechos de acoso y abuso hacia la mujer. Al fin y cabo es nuestra sociedad quien juzgará al autor de este libro si fue bueno o no contar anécdotas y relatos sobre los servidores de la Iglesia. 
A diferencia de otras novelas y cuentos bolivianos donde el cura cumple un rol menor, se muestra de manera burlona y real al mismo tiempo. Novelas como “Yanakuna” de Jesús Lara o el “Tata Limachi” de Raúl Botelho Gosálvez  muestran al personaje maligno del ambiente altiplánico y predicador de su ideología en el nombre de Dios, en cambio en “Juan de la Rosa” de Nataniel Aguirre o “Raza de Bronce” de Alcides Arguedas muestra al cura de la época colonial y de provincia respectivamente.
Paredes Candía no solo enmarcó en este territorio lleno de sátira y realidad a los curas, sino también a políticos, policías, abogados y militares que a la sazón describió la otra cara de estos personajes al igual que de los seguidores de la iglesia católica. 
Nos muestra este libro la denuncia que Paredes Candia realiza de manera sarcástica y de humor, a los hechos que pasan desapercibidos de ciertos hombres, que sacian su sed carnal abusando del poder que tienen.

Claridad. La revista de la élite intelectual sucrense

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