domingo, 22 de marzo de 2026

Javier Luna Orosco, médico, investigador y coleccionista



Oscar Córdova Sánchez

Médico y docente

ARTÍCULO ORIGINALMENTE PUBLICADO EN LA REVISTA DIGITAL LA RAMONA. Ver: https://www.ramonacultural.com/contenido-r/javier-luna-orosco-medico-investigador-y-coleccionista/

Bajo los caprichos particulares de deshacernos de algo antiguo, pesado y sin utilidad actual, desvanecemos toda una historia del objeto. El objeto, posteriormente, es, de manera taxativa, botado y exiliado del recuerdo de otro nuevo y posible heredero o coleccionista ajeno. Un libro, una moneda o cuadro pueden ser representar este símbolo que yace oxidado en el banco del olvido; sin embargo, existen personas para su rescate. Son sujetos que viven el presente pensando el pasado; recuperan alicientes de estos objetos de antaño y lo cuidan para su resguardo. Esta facultad, desde una temprana edad, fue adquirida por el Dr. Javier Luna Orosco, un singular boliviano que discretamente reúne objetos de antaño. 

Javier Luna Orosco Eduardo, paceño, cirujano y bibliófilo, desde muy niño cometió la imprudencia de leer libros clásicos constantemente. La rebeldía de la autoformación había hecho en él un gran lector recorriendo caminos y creándose uno para una meta del placer de conocer otros universos a través de las páginas de los tomos del estante familiar. Además, sintiendo el aura intelectual de su entorno, fue influenciado por su tío Oscar Cerruto, poeta, periodista y gran estrella del canon literario boliviano. “Para escribir poesía tienes que remontarte” recalcaba su tío Oscar, quien lo recuerda con la mirada nostálgica al pasado viendo la pasión de su tío que fue transmitida exitosamente al sobrino. Y es de esos años donde incurriría en lecturas más académicas, más científicas; dejando de lado sus pasatiempos efímeros, sus inquietudes literarias y pasar a otra etapa más profesional en su vida.

Siendo estudiante de la carrera de medicina de la Universidad Mayor de San Andrés y, concluyendo sus estudios de pregrado, fue a especializarse en Cirugía General a la Universidad de Ferrara, Italia, institución fundada en 1391. Esta prestigiosa institución académica graduó a Javier en el arte del bisturí y la delicadeza del escalpelo. Con más de 50 años en las actividades médicas, el Dr. Luna Orosco había logrado una trayectoria sublime, llena de reconocimientos y viajes que, además de la pasión médica, no perdía la oportunidad de adquirir el libro viejo de segunda mano en cualquier parte del mundo. De ahí que su biblioteca se ensanchaba más y más. “Sino hubiera sido médico, seguramente hubiera sido literato”, me comenta con seguridad ante la otra aventura que resguarda las letras.

Javier dedica mucho tiempo a la lectura y el cultivo de las letras; disfruta leer ensayos, cuentos y poesía, esta última una de sus favoritas del género. De esta manera, expone su conocimiento sobre uno de los poetas favoritos y más descollantes de Bolivia: Franz Tamayo. Agarra sus primeras ediciones del vate paceño cual si fuera una Biblia y empieza a leer algunos poemas. “Trascendental”, fue palabra que resume su admiración al autor de La Prometheida y las oceanides. Su capacidad por leer todas las obras de Tamayo hizo que siempre revisite esos lugares de la poética tamayana, como también los folletos y hojas sueltas que me muestra con orgullo y fruto de la enseñanza para la vida, el espíritu y la prudencia.

Gran lector del italiano Giovanni Papini y del médico argentino José Ingenieros. Reúne de a poco sus ediciones raras que encontró en el transcurso de sus visitas a los puestos de los libreros de viejo. La lista puede ser larga, pero solo mencionaremos algunos ejemplares que tiene: Una edición de Quijote de 1879 con grabados bien conservados; el famoso Tratado de Historia Natural de George Leclere, conde de Buffon; la colección completa de la revista médica- cultural MD del español Félix Marti; una edición de El Contrato Social de Rousseau de 1812, considerada la segunda edición traducida al castellano.

Entre obras nacionales cuenta con una primera edición de El General Eliodoro Camacho (1885) de Joaquín Lemoine con una dedicatoria de José María Camacho (hijo del general); obras de Bolívar con dedicatoria del militar y presidente Carlos Blanco Galindo; una gran colección de folletos médicos bolivianos del siglo XIX y XX, entre los cuales destacan los de Zenón Dalence, Félix Veintemillas, Enrique Saint Loup y Abelardo Ibañez Benavente. Gran coleccionista de la cultura médica y literaria del país, poco a poco, desviamos el tema al de sus cuadros y monedas. Obras de Ricardo Pérez Alcalá o de Harmodio Tamayo son exhibidas en sus muros de su domicilio; monedas de la Casa de la Moneda de La Paz, construida en la época de Belzu, son expuesta en su vitrina. Pero, después de todo esto, de la veneración del objeto y su valía, ¿dónde quedará todo este acopio del pasado boliviano? El Dr. Luna Orosco, firme con su respuesta, menciona que irá a parar a su casa patrimonial, ubicada en la calle México, para ser parte de la indumentaria vintage de este futuro centro cultural paceño. No se detiene en impulsar actividades culturales. El amor por arte se rejuvenece en él cada día. Por ahora esbozamos un cuarto de las actividades que realiza nuestro amigo, colega y gran humanista.

miércoles, 17 de septiembre de 2025

El lujoso libro del Centenario de Bolivia

 

El lujoso libro del Centenario de Bolivia



Oscar Córdova Sánchez

Docente

En nuestro imaginario colectivo está inmerso el volver a esos lugares comunes del pasado donde las fiestas cívicas tuvieron, en una determinada época, bajo contextos políticos y sociales siempre en conflicto, una marcada tendencia a definir narrativas sociales para la siguiente generación. Estos hitos nacionales recaen, en todo su esplendor, cada 06 de agosto, recordando la creación oficial del país. Un caso particular de este discurso fue en agosto de 1925, momento en el cual se publicó un empastado magistral conmemorando el Centenario de la entonces República de Bolivia.

Dirigido y coordinado por J. Ricardo Alarcón A., la obra Bolivia en el Primer Centenario de su Independencia, es un libro fundamental para leer, estudiar, entender, comentar, visualizar y criticar como fue esa Bolivia, fragmentada y aún en ciernes de ser conocida por los suyos, llena de una diversidad geográfica, industrial, cultural y urbana. Obra que exhibe una imagen de un país con modernidad y progreso, dando más valor a los logros que Bautista Saavedra, presidente de ese centenario momento, había logrado en su etapa política y demostrando su capacidad como líder gubernamental.

“Se nos pidió que dicha empastadura fuera del mejor material y hemos empleado en ella el más fino 'Du Pont Fabrikoid' […] no absorbe suciedad ni grasa; no se mancha ni palidece", así, en la hoja suelta del empastado, se da el certificado de su garantía por su singular encuadernación. Editado por The University Society, Inc., y  bajo los auspicios del gobierno, el empastado tiene un cuidado esmerado y lujoso, con viñetas bajo un estilo tiwanacota –recordando nuestro pasado prehispánico–, fotografías de diferentes lugares del país (en su mayoría tomadas por Rodolfo Torrico Zamudio) y escrito por varios intelectuales bolivianos (Daniel Sánchez Bustamante, Fabian Vaca Chávez, Rosendo Villalobos, Enrique Finot, Belisario Diaz Romero, Emilio Villanueva entre otros) haciendo sus respectivas monografías en el campo que se especializan: literatura, historia, arqueología, botánica, economía, arte, música, geografía, geología, flora y fauna. Además, incluye las monografías departamentales con sus respectivas figuras públicas de ese momento, acompañadas al final, a excepción de Beni, de la Galería Social, segmento dedicado a mostrar en imágenes a la elite femenina de cada ciudad, junto con las familias con más jerarquía en el ámbito económico. Así, este empastado lujoso es la representación de la elite boliviana, mostrando al mundo el desarrollo industrial y tecnológico de esa escasa sociedad vista en imágenes.

Sin embargo, hubo grandes ausencias y una de esas fue el tema del sujeto indígena donde su población se halla ausente en la obra centenaria, sin ninguna imagen que muestre su realidad, ni comentario alguno sobre su estilo de vida; contradice los sentidos de unidad nacional que tocaban fibras a un escaso grupo urbano dominante. Tampoco se realza las diversas etnias aglomeradas en diferentes partes del territorio. La obra trata de invisibilizar a esta sociedad para mantener al público extranjero que Bolivia es un país de fuerte raigambre blanca y mestiza, a pesar de la mayoría indígena; aun así, sus promotores, desde el gobierno, irónicamente, intentan vanagloriarse del pasado remoto de la civilización tiwanacota y sus habitantes andinos de ese tiempo. Otros de los defectos encontrados en la obra es la escasa y poco difundida información sobre el oriente boliviano expuestas en las monografías de Santa Cruz de la Sierra y el Beni, donde el primero solo contiene veinte páginas; mientras que el segundo, más corto aún, de ocho páginas. Son ejemplos de la nulidad que se daba a esa otra sociedad que pedía a gritos unificación territorial por ferrocarril, caminos y vías de acceso más amplias, restando importancia a los imperativos necesarios para lograr un mejoramiento territorial del ´país. Con estas particularidades, el tiempo y los cambios desde ese entonces, nos hacen cuestionar estas narrativas diseñadas para insertar en el corpus social boliviano las sinuosas complejidades de nuestra identidad nacional.


Texto publicado en La Ramona, suplemento cultural del periódico Opinión. Cochabamba, Bolivia.

miércoles, 12 de marzo de 2025

La Biblioteca Perdida de Julio Mendez

 La Biblioteca Perdida de Julio Méndez






Por Oscar Cordova Sanchez

Consultor educativo y cultural


La situación actual del mercado de libros de segunda mano hizo que mucha gente, con mucha más atención, se detenga en las ferias de libros de segunda mano, libreros y venta en anticuarios; buscando un ejemplar raro o curioso que lleve a entender un tema de la historia del país o del mundo. Sucesos bélicos, personajes públicos, novelas, primeras ediciones o algún folleto con dedicatorias son buenas opciones para los bibliófilos, quienes siempre están a la espera de alguna “nueva reliquia”. Lastimosamente, en muchos casos, uno a veces llega a toparse con nuevos lotes de libros antiguos pertenecientes a un solo dueño. En este caso, casualmente, llegué a encontrar, en un puesto de libros, la biblioteca del cochabambino Julo Méndez (1833-1904).

Ubicada en la ciudad de El Alto, la Feria 16 de julio, desde hace varias décadas, aglomera en un solo trayecto a varios libreros, expertos en seleccionar títulos y autores, con énfasis en libros antiguos en su mayoría del siglo XIX o primeros años del siglo XX, para su venta a precios de acuerdo al interés del comprador. Varias obras de distinta temática están dispersas en tiendas, puestos o en el suelo sobre una tela o plástico exhibiéndose. Para cualquier conocedor de esta ruta del libro viejo, les será familiar las "Rieles", denominativo al perímetro donde se encuentra este sector. 

En el trayecto que realizaba hace un mes, un domingo de feria, caminando por esa ruta, me detuve al ver varios libros encuadernados de diferentes colores, tamaños y estilos. Me llamó la atención que estén apilados uno sobre otro, como si fueran bloques de ladrillos y otros amontonados en el suelo por la falta de espacio. Llamar mi atención fue poco. Estaba emocionado de encontrar estos libros empastados y forrados, algunos, con cuero de oveja que datan del siglo XVII o XVIII.

Mientras iba a ver todo este oasis libresco, pude revisar varios títulos y descubrí que el encuadernado de casi todo este stock de libros había sido realizado por el antiguo dueño y, para colocar sello de su propiedad, tenía en el lomo las iniciales "J. Mendez". 

Ante este hecho, leí inmediatamente la biografía del antiguo dueño para encontrar algún dato fidedigno. Y lo encontré. No solo era un coleccionista, sino que había sido un intelectual boliviano del siglo XIX, donde participó activamente en las esferas políticas de ese tiempo.

Méndez era conocido por ser un hombre culto y lector profundo de obras.  Sus alumnos del colegio de ciencias Sucre de su ciudad natal lo calificaron de Sabio, título con el cual se referían al personaje. Llegando a ser profesor de historia y filosofía, posteriormente, decidió estudiar Derecho y encaminarse en el área diplomática del país. Fue diputado, prefecto, ministro y embajador en distintas etapas y gobiernos. Dejó en varios folletos y columnas de la prensa local e internacional su pensamiento de unidad nacional. Su folleto más famoso y estudiado “Realidad del Equilibrio Hispano Americano y la Neutralización Perpetua de Bolivia” (1874), explica su tesis sobre la ruta comercial de Bolivia, por ser, en un futuro inmediato, la “capital internacional de la América del Sur” y anuncia una futura invasión inminente de Chile sobre nuestro país. Según algunos autores, su biblioteca, junto a la de Nicolás Acosta y Jose Rosendo Gutiérrez, fue la más completa en cuanto a documentación histórica se refiere del siglo XIX. Falleció en 1904, dejando un legado todavía no estudiado; más aún cuando fragmentos de su biblioteca se encuentran dispersos. 

Varias cuestiones surgieron en mi cabeza para entender al bibliófilo o guardián del papel antiguo y su obsesión. Determinar su inquietud por comprar ejemplares raros o títulos desconocidos fueron y serán la causa primordial de la venta de bibliotecas.

Según el español Sebastián Gomila en su ensayo “Crisis del libro”, escrito hace casi cien años, comenta sobre la  cultura de la simulación intelectual, con marcado ritmo en varios coleccionistas que, ante la falta de lectura y todo método de estudio, “lo hacen las más de las veces, no por vocación, no por ansia de saber, sino para darse pisto, para adornar o llenar sus estanterías”. En efecto, este reclamo analiza la cultura letrada particular como un intento de ascenso social. Este claro ejemplo, aún se vive hoy cuando, en varias oportunidades toca visualizar varios estantes con lomos de cuero y empastados delicados y bien cuidados, sin haber sido leídos y, peor aún, ni siquiera abiertas sus páginas. En cierta manera, el fetichismo bibliófilo tiene algo de bueno y algo de malo. Bueno, por conservar alguna edición u obra y malo, por dejarlo en el asiento eterno de un estante sin siquiera ser tocado después de su compra; no generalizo, pero en su mayoría adquiere ese destino. Otra cosa es hablar de las famosas donaciones a bibliotecas públicas, donde más de un robo de algunas joyas literarias sucedió y sucederá. En buena manera, para restar este desconocimiento de obras, están las digitalizaciones que ayudan a muchos investigadores para casos especiales concernientes a la historia nacional. En nuestro medio se reinicia el afán de conocer nuestro pasado para poder comprender un hecho de acuerdo a la coyuntura de ese momento, una materia autodidacta como esa solo unos cuantos se atreven a tomarla. 

En nuestro país uno de los sociólogos más interesados en este análisis y discurso del libro fue Salvador Romero Pittari (1938-2012), quien en sus obras Las Claudinas: libros y sensibilidades a principios de siglo en Bolivia (1998) y El nacimiento del intelectual en Bolivia (2009) dedica amplios capítulos con relación a obras que le llegaron a su biblioteca por los “libreros de la Montes” y “lotes” de intelectuales bolivianos (como el caso de la biblioteca de Bautista Saavedra, un descubrimiento similar al nuestro). En cierta manera, cuando uno conoce ciertos títulos, no deja pasar dos veces la oportunidad para recuperarlos y “nacionalizarlos”.

Volviendo al presente y al lugar del encuentro con las colecciones y tratados, examine cada libro con detenimiento, ubicando el año, autor y título. Motivado por esta información, en pocos segundos estaba visualizando varias famosas obras del pasado

En su mayoría eran libros escritos en francés y alemán. Autores como Ernst Renan, Auguste Comte, Goethe o Humboldt eran exhibidos con todos sus tomos completos. Además, pude apreciar la colección de anuarios de presidentes del país desde Mariano Melgarejo hasta Jose Manuel Pando, siendo en total 14 tomos forrados de color rojo y en un estado demasiado cuidado para estos tiempos. No pudiendo olvidar algunas joyas que identifique como la primera edición traducida al español de los cuatro tomos del “Ensayo político sobre el reino de la Nueva España” (1822) por Alexander von Humbolt, “Histoire Du Consulat” (1865) de Adolphe Thiers, “Littre et le positivisme” (1885) de E. Caro o el inigualable “Les miserables” (1862) de Victor Hugo, el cual solo vi el primer tomo de esa obra. No era parecido a otra colección antes vista, los empastados estaban sumamente cuidados y el forrado y sello daban el toque fino de esta colección. Algunas pocas obras bolivianas como las de Félix Reyes Ortiz, Narciso Campero o Nicolas Acosta pude ubicar, más no otras. Era imposible no encontrar obras en español. Preguntando al librero si existían más libros que había adquirido, me comentó que un domingo antes se llevaban en “sacos” varios lotes de libros. Ahí estaba la respuesta al asunto de los libros en español. La biblioteca de Julio Mendez ya estaba en otras y varias manos.

Para el momento que fui solo ya existían ejemplares de la casa editorial La España Moderna y de F. Sempere. No fueron muchos, pero mantienen en el lomo las siglas características. Ante este suceso, mientras conversaba sobre estos hallazgos con varios investigadores, coleccionistas y escritores, rápidamente fueron al lugar para poder obtener un pedazo de esa biblioteca del siglo XIX. 

Al terminar el recorrido y haber leído varios títulos que siguen esperando un nuevo dueño, pude hacerme varias preguntas del porqué varias familias descendientes se deshacían de estas colecciones. Muchos factores encontrados. Algunos justificados, otros no. No era algo fuera de lo común encontrar bibliotecas en las manos de libreros, lo raro fue encontrar una colección completa. Después de todo, lo interesante y positivo es que estas obras iban a ser valoradas por el futuro dueño, continuando con la tradición tan exquisita de encontrar obras raras o curiosas.

La biblioteca de Julio Méndez se adhiere al corpus de libros dispersos y desaparecidos como los de Belisario Díaz Romero, Enrique Finot, Ismael Sotomayor, Enrique Condarco o Gustavo Adolfo Otero.


lunes, 17 de julio de 2023

La Primera Médica Boliviana

 La primera médica boliviana


Amelia Chopitea (izq.) y su hermana Elia Chopitea (der.)


Por Oscar Cordova Sanchez

Hace 3 años, en pleno auge de la pandemia, recopilé datos acerca de la Dra. Amelia Chopitea y la incursión que tuvo en la historia de la medicina del país. Ahora, ampliando más información cronológica, hago una pequeña síntesis biografía de la primera medica boliviana.

Durante las primeras décadas del siglo XX, el rol de la mujer en nuestro medio estaba únicamente destinado a ser madre, hija o esposa, cumpliendo una labor estrictamente en la casa. Con las nuevas reformas de acceso a otras profesiones, como el caso de ser preceptora, se trataba de modificar varias leyes que supriman estos casos de restricciones en ciertas profesiones. Siendo una sociedad conservadora y abiertamente machista, las leyes se iban modificando con los años para el acceso universitario de las mujeres. En el caso de la carrera de medicina, la Dra. Chopitea rompió con los prejuicios y juzgamientos de esa época todavía en vías de ampliar los derechos laborales de la mujer.

María Amelia Chopitea Villa nació en la localidad de Colquechaca, departamento de Potosí, el 20 de marzo de 1900. Hija de Don Antonio Chopitea y la Sra. Amelia Villa. Desde niña se influenció mucho de la educación familiar que se le daba en base a conocimientos más prácticos, esto, junto a la localidad donde vivía, de cierta manera, motivó su afinidad a las ciencias biológicas.

Debido a la ineficacia pedagógica en Colquechaca, la familia se trasladó a la ciudad de Sucre. Fue en esa ciudad que, junto a su hermana Elia Chopitea, disfrutó las clases de su profesor de Ciencias Biológicas y, poco a poco, se adentraría en las primeras lecciones sobre el gran funcionamiento y anatomía de los seres vivos. Las disecciones a pequeños animales y las practicas químicas en el laboratorio de su escuela, serían parte de la necesidad de un estudio complementario, inclinando su vocación hacia la carrera de medicina; algo que con ansias deseaba desde sus inicios en la primaria. Una profesora belga fue quien influyó en Amelia para decidir su futuro profesional: Julia Begand, quien en 1909 vendría a Bolivia con la famosa Misión Belga, dicha misión traería una reforma pedagógica en el país y particularmente en Amelia y su generación. Los años en su escuela serían siempre recordados al nombrar la notable labor de sus mentores; entre ellos Georges Rouma y M. Thirion en varias de sus conferencias.

Al terminar el bachillerato, decide estudiar Medicina en la Facultad Oficial de Medicina, Farmacia y Odontología de la Universidad Pontificia San Francisco Xavier de Chuquisaca. Pero su ingreso no le sería fácil, pues la formación que se brindaba era exclusivamente para varones.

Después de la presentación de varios trámites, logra ser parte del conglomerado de estudiantes y fue recibida fraternalmente por el Decano, Nicolas Ortiz, demostrando una señal de augurio para que más mujeres se inclinen al estudio de la medicina y hagan de ella su profesión.

Durante los siete años de estudio en la carrera, logró aprobar cada materia de manera brillante. Amelia mostrando dotes de excelencia llega a culminar sus estudios facultativos el 25 de junio de 1926. Posteriormente, en base a su experiencia como practicante en el Hospital Santa Barbara, defiende su tesis Causas de la Mortalidad Infantil. Aprobada dicha tesis se titula como médico-cirujano, siendo la primera mujer del país en obtener dicho título.

Su tesis es uno de los primeros documentos referidos a la especialidad pediátrica del país. Junto con los textos del Dr. Néstor Villazón Morales, Dr. Jaime Mendoza y Dr. Juan Manuel Balcázar, es una de las tesis pioneras en el estudio del niño boliviano.

Algunos datos que en su tesis da a conocer sobre la mortalidad infantil son los porcentajes de 1920 hasta 1925. Explicando que el rango de muertes por cada 100 niños era entre el 35% y el 40%. Una demanda alta dado el estado de miseria y abandono al sector infante en los hospitales.

Haciendo énfasis en su estudio sobre los casos de mortalidad infantil en el año 1925 se muestran los siguientes datos:

-        Nacidos en el año      870

-        Muertos                      470  

Asombra que más de la mitad de los niños fallecían en el primer año de su vida, debido a las infecciones y enfermedades que producían decesos como la congestión, coqueluche e infecciones intestinales. Siendo el coqueluche de carácter epidémico y mortal en 1923 y 1925.

Tres meses después de su defensa, egreso y titulación como médico-cirujano, el Congreso Nacional envía a la Dra. Chopitea a Francia para especializarse en ginecología, obstetricia y pediatría. Hospitales como el de Maternidad Baudeloque, Tarnioer o Enfants Malades fueron los sitios de estudio y práctica médica de la doctora. Un año más tarde, en París, representa al país en el Congreso del Consejo Internacional de Mujeres, siendo la única representante del país y de Sudamérica.

Su sueño se había realizado con esfuerzo, empeño y entusiasmo; no declinó aun estando en una sociedad tan patriarcal. Amelia abrió nuevas puertas de estudio y brindó a la población la salud que requería. Tomando en cuenta la dedicación que dio a los niños, que ella fue su fiel madre de la salud. 

La Dra. Chopitea retornó a nuestro país y con el conocimiento adquirido en Europa, se dirigió a la ciudad de Oruro donde brilló no sólo por su capacidad de curar pacientes, sino por la acción benéfica. A decir del Dr. Luis Dubravcic, entre los beneficios que realizó fueron ser promotora del Pabellón Infantil en el Hospital Obrero de Oruro; ser doctora ad honorem en asilos como el de Huérfanos de Guerra. Además, ser profesora de Higiene y Puericultura en varios establecimientos de Sucre y Oruro.

Con su humilde personalidad y desempeño laboral fue influyente en la lucha por equidad de los derechos civiles y políticos de las mujeres y pionera en la labor médica en nuestro país, siendo una guía en el cuidado de infantes; pero también en su familia fue la fuente de admiración ya que su hermana, Elia Chopitea, fue la segunda médica boliviana y Mayor de Sanidad durante la campaña del Chaco. 

En 1952, mientras realizaba su servicio médico en la ciudad de Cochabamba, a la edad 51 años, la Dra. Amelia Chopitea dejó de existir, pero las labores encomiables y su obra no fueron olvidadas. El sitial que merece es grande y aún no se le considera como realmente debe ser.

¿Cuántas doctoras le deben a esta mujer la honra de abrir las puertas a un mundo lleno de posibilidades y sacrificios en nuestro país como son las carreras de las Ciencias de la Salud?


sábado, 1 de julio de 2023

Marof y la crítica ácida al MNR

 

MAROF Y LA CRÍTICA ÁCIDA AL MNR




Por Oscar Cordova Sanchez

Publicado el 14/05/23 en el Suplemento Letra 7 de Página Siete. 


En noviembre de 1964, llegado el ascenso del nuevo presidente, General René Barrientos Ortuño, empezó a salir a luz varios documentos antimovimientistas, entre estos relatos, vivencias y crónicas sobre los campos de concentración, asesinatos a miembros opositores, desaparecidos, torturas, malversación de fondos, financiamientos extranjeros entre otros. Un caso singular fue el de Tristan Marof (Gustavo Navarro), destacado escritor, polemista y político que desnudaría a todo el equipo del MNR, relatando su postura sobre ese grupo que “ha dejado la nación en ruinas”.

Bolivia vivió uno de sus capítulos más enérgicos, loables y de gran magnitud ese lejano mes de abril de 1952, cuando varios elementos de la sociedad (ciudadanos, carabineros y militares) enfrentados en una guerra civil durante unos 3 días y casi medio millar de fallecidos, llegaría una nueva estructura estatal bajo la consigna de un nacionalismo optimista y propuesto a definir nuevos horizontes; bajo la supervisión de sus colaboradores y líderes. A ese movimiento se adhirieron varios ciudadanos y campesinos, los cuales reunían todos los requerimientos para dar una solemne pleitesía a su gran líder: Víctor Paz Estenssoro. 

El entorno social boliviano, durante los 12 años de gobierno movimientista, vivió un estado de somnolencia, siendo la publicidad y la difusión de folletos, periódicos, crónicas y biografías los que adormecían a la sociedad boliviana; y ante cualquier intento de publicar algún texto opositor al régimen movimientista era tomado como un libelo antinacionalista.

En este caos de construcciones narrativas unilaterales, aparece Tristan Marof, destacado político y novelista de los años 20, que, mediante ensayos y relatos, da lugar a su memoria para recordar sus encuentros con algunos miembros del M.N.R., descritos como “gente sin fortuna que buscaba dinero, privilegios y como tenía ideología confusa, mezcla de todo, alucinó a los obreros, a los campesinos y a los tontos que les creyeron”, describiendo los defectos de sus cabecillas: Estenssoro, Cespedes, Arce, Cuadro Quiroga y Montenegro siendo menos cáustico con Siles.

El encuentro más temprano de Marof con miembros del MNR fue en los años 40, cuando recién se sentaron las bases ideológicas de dicho partido. En ese tiempo Marof habla de su primer contacto con el abogado Paz, quien vino a su bufete para proponerle una transacción judicial en un pleito entre los empleados del Hotel París y su dueño. Naturalmente, el joven abogado en ese entonces era un “conocedor del medio, un hombre al que no le gusta el barullo, los mítines ni protestas”, para luego convertirse en el líder de traiciones “a sus amigos más íntimos no interesándole otra cosa que lo que está a la vista, lo que puede darle cuantiosas utilidades, trátese de política o de dinero contante”, llena de inquietud por el poder y dominio particular del país, pero Marof es más directo con el “fiero” Montenegro y el “chueco” Cespedes.

La rivalidad con Carlos Montenegro es intensa y violenta, disparando adjetivos y críticas mutuas, Marof desde artículos de prensa y Montenegro desde La Calle, periódico de fina crítica hacia el gobierno de turno. El odio fue tan potente que en una soleada tarde Marof, agarrado de su pistola, dispara a Montenegro, saliendo herido levemente. Aquí se inicia la rivalidad política. Marof, acostumbrado a decir el nombre completo de sus rivales, al referirse a Montenegro, lo describe como “un aprovechado y que jamás escribió con desinterés, es decir que nunca puso su pluma al servicio de una causa noble si no es pensando en la dádiva inmediata y en su interés particular, toda su vida hasta su muerte”. Además, menciona, con aguda critica, la adhesión de Montenegro al partido Razón de Patria (RADEPA) y su fanatismo al nazismo “triunfantes en el momento, como estaban en Europa, le darían la mano a él y a ese grupículo nacionalista, que comenzó pateando obreros e imponiéndose por el garrote”. Años más tarde, publica su ensayo “Glosando el libro Nacionalismo y Coloniaje de Carlos Montenegro” (1961), donde disecciona los postulados del autor, concluyendo toda la teoría de nación y antinación como un resumen de llamar “nacionalistas a los conservadores terrígenas que odian cualquier innovación, enemigos de los patrones extraños e incrustados en su propia concha (...) Los innovadores, llámense socialistas o de otra tendencia, constituyen la antipatria”.

En otro lado de sus escritos llenos de sentencias y adjetivos, se dirige a Augusto Céspedes, quien, al igual que su rival político, sería un destacado escritor y polemista. Para Marof el dúo Montenegro-Céspedes eran el parasitismo nacionalista ya que para ambos “era un sufrimiento vivir entre los indios altiplánicos, eligieron las embajadas para hacer propaganda de Bolivia en el exterior... ¡Excelentes sujetos! Se perdían por una copa de whisky y por una mujer cualquiera”. Aunque advertía su picardía y astucia para favorecer a cualquier elemento en el poder y adherirse a su causa y lograr su cometido. A parte Marof, más allá de su crítica política al MNR y a Céspedes como portavoz, lo califica de “literato mediano y con cierta dosis de realismo, calcado de novelistas italianos como que su cuento "El Pozo” tan celebrado, es muy parecido y casi exacto a lo que escribió Roberto Bracco en los años de 1918 (...) es un ignorante en cuestiones sociales y un audaz para incursionar en lo que no conoce y nunca ha leído nada porque su vida escandalosa no le ha dado tiempo sino placer”, así, con severo juicio parcializado, lo define, mientras que Cespedes solamente lo describe en su libro El presidente colgado declarando su “leucemia moral” y su afiliación a los gobiernos del sexenio.

En el caso de Armando Arce, fundador del La Calle en 1936, vocero de los primeros pasos del MNR, lo describió como “antiguo rondín del partido liberal y dizque revolucionario, título que le cuadra a maravilla por la ignorancia que posee y de la cual hace gala”; a José Cuadros Quiroga, cofundador y director de las bases y programa del MNR, se refiere a él como “intelectual inquieto, pequeño burgués, comunizante, sin valor para ser comunista”.

Si bien Marof es ácido con su crítica con estos miembros del MNR, es coherente y hasta imparcial con Siles Zuazo, “sonriente y pequeño”, admirando su destreza como orador y por sus discursos capaces de mover masas. Pasados esos años de revelaciones oscuras del movimientismo, se iría fragmentando el partido y daría luz a los gobiernos militares.

Mientras el movimientismo seguía en vilo y en batalla en los años 70, en pleno estado de dictadura, Marof dejaría su versión definitiva del MNR y su importancia en la historia del país. 

En su libro póstumo, recopilado por su amigo Stefan Baciu, denominado Radiografía de Bolivia (1997), expresa su malestar sobre la conducción del desarrollo económico que desembocó hacer “creer a los sencillos obreros de que eran dueños de todo y de que en adelante el trabajo se debía descuidar en nombre de la revolución. Los más bribones se convirtieron en líderes y entraron a saco como las hordas, puesto que no había ley ni moral ni autoridad”, siendo la sentencia definitiva y advirtiendo las nuevas propuestas del nacionalismo revolucionario.

Si bien la historia ha sido favorable con la narrativa del optimismo del nacionalismo y sus líderes mencionados por Marof, disfrutaron de las comodidades de viajes, dinero y puestos gubernamentales; además, sus obras fueron un legado de varios seguidores de estos personajes de la política boliviana, Marof no tendría esa suerte, siendo olvidado en su casa, ya alejado de la política, en la ciudad de Santa Cruz falleciendo a finales de los años 70, sin llegar a ver que, una vez más el MNR llegaría al poder.

 




miércoles, 15 de marzo de 2023

Alcides Arguedas y Max Nordau

Alcides Arguedas y Max Nordau


Max Nordau

Oscar Córdova Sanchez

En la historia de las ideas en Bolivia, muchos intelectuales se formaron clásicamente con libros importados de casa editoriales francesas, alemanas o inglesas, procuraban comparar el movimiento filosófico y sociológico de boga en Sudamérica con nuestro sistema republicano basado en un caudillismo gubernamental y un atraso cultural indeterminado. Si bien estos personajes, en su mayoría, descendiente de familias criollas y de buen augurio económico, lograron compenetrarse y analizar a ciertos autores europeos como Nietzsche, 

Schopenhauer, Spencer, Guyau entre otros, dieron su criterio de introducir las ideas de estos pensadores a nuestro medio, con el fin de actualizar la lista de reformas pedagógicas y sociales del medio. Un caso fue la recepción del pensamiento del controvertido médico húngaro Max Nordau, donde el dilema de la “honestidad intelectual” generó un análisis en Alcides Arguedas.

Simon Maximilian Sudfled, más conocido como Max Nordau (1849-1923), fue médico, escritor y fundador del movimiento sionista -a pesar de ser agnóstico-, sería el centro de debates y discusiones intelectuales europeas a finales del siglo XIX. De ascendencia judía española y de origen húngaro, se destacó por su agilidad en el ensayo, logrando abarcar varios ámbitos como la filosofía, sociología, política y crítica social, esta última en boga y altamente frecuentada por varios escritores europeos, ya que se veía al nuevo siglo con mucha incertidumbre y como un constante retroceso del ser humano, conocida esta época como de “crisis e inseguridad cultural”. En su máximo apogeo intelectual llega a publicar varios escritos siendo los de mayor demanda Las mentiras convencionales de nuestra civilización (1883) y Degeneración (1893), siendo esta última la más polémica y que dió un amplio debate, donde varios escritores europeos y no europeos se vieron enredados para conceptualizar sus formas de interpretación. 

Las mentiras convencionales de nuestra civilización, cuya tesis se ocupa de las mentiras de organizaciones colectivas como la mentira religiosa, monárquica, política, económica e incluso la mentira del matrimonio, calificando a la humanidad como una “comedia profundamente inmoral”, proponiendo una “armonía final” basado en una civilización “de verdad, de bienestar, de amor al prójimo”, basado en un moral separada de todo egoísmo, mentira e hipocresía.

En cambio, en Degeneración, rompe ídolos y realiza una radiografía de los cánones artísticos y literarios, explicando su desarrollo psicológico, patológico, estético y social hasta esa época. El libro, dedicado a Cesar Lombroso y nombrándolo como una de las “más soberbias apariciones intelectuales del siglo”, va con la fusión de la literatura y la enfermedad, figurando en sus páginas la decadencia europea y analizando a varios degenerados que “no son siempre criminales, prostituidos, anarquistas o locos declarados; son muchas veces escritores y artistas”, denunciando la fama que estos sujetos tenían la cantidad de seguidores, donde se formaba una nueva generación con tendencia en la “locura moral, la imbecilidad y de la demencia”, solamente transmitida por estos pintores y escritores en boga. Divide su estudio en dos grandes partes: primero,  dar conceptos sobre el término fin de siecle, analizando la cúspide de la inmoralidad, el odio y la fatalidad humana, llegando a la conclusión de un “desprecio de las convenciones y de la moral tradicionales”; en cambio, en la segunda parte, analiza cada corriente literaria y artística del siglo XIX, agrupando cada una por un representante, como Verlaine y los simbolistas, calificados como un grupo derivado del misticismo; Baudelaire y los diabólicos; Oscar Wilde y los decadentes; Zola y los plagiarios del realismo, entre otros representantes de la música como Wagner y su culto. Toda una gama de representaciones donde las palabras degeneración e histeria serían los síntomas más comunes entre estos personajes. Definiendo como enfermos y degenerados a los representantes de cada movimiento artístico de moda. 

Para Nordau no había una solución esperada, solamente una terapéutica, un tratamiento capaz de detener toda forma de simulación, enfermedad y cronicidad patológica en la literatura. Atender y clasificar cada corriente literaria, artística y musical fue para el un avance en la manera de concebir la enfermedad en ciertos autores y su exteriorización mediante sus creaciones, logrando crear un manicomio de artistas, desde un punto de vista radical, y darles un diagnóstico y tratamiento para su posterior cura. La recepción en Europa no se dejó esperar. 

Muchos críticos, lectores y público en general corrían rápidamente al puesto de ventas de libros más cercano, para poder comprobar los aciertos y desaciertos del doctor Nordau y su análisis de cada artista.

Varios escritores latinoamericanos consultaron la obra y vieron a un nuevo redentor que pueda guiar a sus naciones creando un arte auténticamente novedoso y nacional. Algunos de sus admiradores fueron los centroamericanos Rubén Darío y Enrique Gómez Carrillo.

El libro circuló en varios idiomas, pero todavía había que esperar hasta 1902, cuando el estudioso Nicolas Salmerón hizo la traducción en español. Para esta época Nordau seguía siendo leído y sus obras posteriores también se dejaron sentir en el ámbito nacional.

Como menciona Romero Pittari, la recepción de ideas y literaturas tardías, se debió al atraso de la importación por una falta de acceso a corrientes más cosmopolitas, debido a la falta de conexiones ferroviarias con puertos del Pacifico. Pero, a pesar de ese atraso, nuestros pocos cenáculos intelectuales recibieron varios textos traducidos, en estos estaba el de Nordau, el cual escritores como Arguedas, Paredes, Chirveches, Saavedra, Prudencio Bustillo entre otros rescataron ideas de este polémico escritor. 

Arguedas

De todos los autores bolivianos que leyeron a Nordau, solamente Arguedas logra interpretar, estudiar, leer y, finalmente, conocer personalmente al autor de Degeneración.

En su polémico libro Pueblo Enfermo (1909), en el capítulo X Causas de la esterilidad intelectual, da posturas relacionadas con el arte y literatura del país. Aplica la teoría de Nordau hacia las letras nacionales, donde la “cuestión del ambiente” anula toda formación artística y sólo se recurre a métodos personalistas para simular la erudición a través de la prensa y ganarse loas efímeras y un puesto en algún gobierno de turno. Menciona el atraso por la “monótona repetición de temas sentimentales” y el “esmerado cultivo del yo”, desprendiendo su facultad hábil para imitar corrientes literarias externas y llenar su vacío espiritual con lecturas enfermizas de escritores destacados. Arguedas da pistas de cómo el alma intelectual boliviana no tiene un rumbo fijo y arremete contra la recepción local. Si bien escritores “degenerados”, como Nordau proclama, formaban escuelas literarias propias de una época y ambiente, ¿por qué en Bolivia no se aplica esa dinámica? La falla radica en precaria difusión de esas literaturas. Sean de un alma atormentada o que tenga facultades para transmitir en su poesía esa manifestación patológica que Nordau denuncia en su obra. Claramente, Arguedas, propone la amplia aceptación de diversas corrientes foráneas, pero adecuándose a nuestro suelo y componente social. Superando la psicología de su autor, lo que se debe estudiar es la obra y ver si es apta a nuestro precario lector boliviano.

Como ya se conoce, la aceptación del libro fue una derrota en el país y una victoria en el exterior, sea por los comentarios elogiosos o por las críticas a ciertos capítulos del libro, Arguedas alcanzaba la fama internacional. La recepción de cartas de varios intelectuales llegaba a diario. En mayo, llegaría la carta del médico húngaro anotando palabras de halago por el libro “más que valiente, temerario”, viendo en Arguedas al “hombre que no vacila en decir tales verdades a su patria, con el fin de curarla”.

Años más tardes, publicaría fragmentos de su vida en Europa y sus inicios como escritor en sus dos tomos de La Danza de las Sombras (1934). Libro ameno, dinámico y de sincero aprecio de la verdad, mostrando los fracasos y aciertos de su obra y vida. En uno de esos relatos menciona como recepción las ideas de Nordau influyeron en su literatura, en aquellos tiempos de las “bellas relaciones y de los recuerdos imborrables”. Considera un impacto moral leer las obras de Nordau, sacando una “provechosa lección de honestidad intelectual de ciertos escritores”. Admite el disgusto por el escritor europeo por generar publicidad en torno al análisis de escritores renombrados. Fama, dinero y beneficios era lo que Arguedas negaba en su apreciación, pero, sin embargo, adopta ciertas ideas del médico ya expuestas en su libro. Años más tarde, en España, logra conocer a Nordau, y advierte la sinceridad de este escritor, ya que “ataca sin medida a todo lo que sobresale; privadamente, alaba todo lo se le envía”. La conversación fue corta y más se dedicaron a una sesión de guitarra en mano.

Vemos en Arguedas el cambio notorio sobre el medico hungaro, que, al principio, toma ideas relacionadas al modo de escritura y la influencia en sus seguidores, para luego, en una etapa intelectual ya madura, rechazar sus ideas por solo ser llenas de fama, dinero y mucha publicidad, sin dar una solución a esas inquietudes intelectuales del momento. Arguedas, a lo largo de su vida, iría decepcionándose de sus antiguos referentes literarios, y el tema de la honestidad intelectual sería su mayor reto.

La tragedia de Pando y la censura al cuadro de Borda

 

Retrato mortuorio de Arturo Borda 




Oscar Córdova Sánchez

Arturo Borda, entonces conocido por pequeños cenáculos literarios del medio, daría un salto a la fama mediante un polémico retrato del expresidente Gral. José Manuel Pando.  Aquí detallamos los inicios tempranos de la censura hacia el arte en nuestro país.

Es de conocimiento casi general que Arturo Borda, pintor autodidacta, brilló más por su talento que por las pocas exposiciones que tuvo a lo largo de su vida. Muchas veces tuvo que ser exiliado por parte de muchos círculos artísticos, por su capacidad de plasmar el problema social en sus obras y dar un claro apoyo al movimiento obrero. Colocando su pincel y pintura a favor de los círculos sociales emergentes, puso énfasis en dar a conocer sus motivaciones y pensamientos en muchas obras, hoy, casi la totalidad de sus obras, más de 2 mil, están desaparecidas o en casas particulares. 

Para 1917 con la nueva política liberal, anulando todo movimiento opositor, genera un malestar en la ciudadanía y, en especial, en Borda, decidiendo negar su apoyo a José Gutiérrez Guerra, militante liberal, y, además, candidato a la presidencia.

En esos momentos tensos la muerte inesperada del expresidente y General Mayor José Manuel Pando marcó un antes y después en la forma de la conducción política del país. Se hablaba de un “crimen político”, manifestado por los voceros republicanos, donde años más tarde llegaron al poder. En este sentido, Arturo Borda, plasma su adhesión republicana mediante un polémico cuadro al cual la política municipal de la ciudad de La Paz trata de erradicar para no promover una insurrección popular en contra de los liberales. 

La tragedia del Kenko, lugar donde fue encontrado Pando, aquel 20 de junio, tres días después de su deceso, sacó muchas teorías sobre el suceso y también muchos homenajes rápidamente. Esto fue el detonante para la caída total de los liberales en el gobierno. Fue fácil encontrar acusados y presuntos asesinos, entre ellos estaba el banquero Gutiérrez Guerra; aun no siendo presidente, ya que el 06 de agosto, recién sería posesionado como tal. Solamente un joven de 17 años, Alfredo Jauregui, sería acusado y fusilado diez años más tarde. A manera de buscar un culpable cobraron la vida de un inocente y callaron la verdad, ante todo. Un crimen injusto, innecesario y por lo tanto políticamente degenerado, ya que años más tarde se daría a luz que la muerte de Pando sería por un derrame cerebral ocasionado por la ingesta de bebidas en la casa de los Jauregui. 

La prensa opositora no dejaría de escribir varias columnas los días siguientes sobre este luctuoso hecho. En este sentido, Borda, se perfilaba como una promesa en el arte boliviano, y provocó gran interés en su pincel por plasmar al expresidente fallecido.

Todavía no reconocido como un pintor de talla nacional, a pesar de las buenas críticas de sus exposiciones en 1915 y su relación amistosa con ciertos escritores como Gregorio Reynolds, Juan Capriles, Federico More, entre otros, recién se incursiona en la demanda popular mediante el trazo artístico, logrando dar un impacto social con un retrato a modo redentor de Pando. 

En el mes de julio se exhibe el cuadro de Borda, en la Casa Grande, propiedad de Enrique Borda, ubicado en la calle Comercio. Pintada al óleo donde se muestra la cabeza de Pando, con los ojos cerrados y con una herida en la ceja izquierda. Dando la impresión el retrato como si fuera la muerte de un santo, conmovió a la población; más aún con la teoría de que fue un crimen político, Borda incursionará efímeramente en una denuncia pública. La recepción fue grande.

En esos momentos nerviosos para los liberales, deciden retirar el cuadro, ya que también se reproducen otros bocetos en otras galerías céntricas de la ciudad. Borda recibe la atención de la prensa por el polémico retrato del expresidente.

Periódicos como el Diario, La Razón y El Hombre Libre, dan a conocer la recepción llena de ovaciones y aplausos por la valentía del autor. No fue sino hasta pasados días de su exposición, donde se decide retirar el cuadro por orden municipal.

En medio del caos político, se logra identificar quién fue el responsable de retirar dicho cuadro de la Casa Grande: José L. Calderón, inspector de la policía del Honorable Concejo. Las justificaciones del retiro las publica mediante una esquela donde explica los motivos del retiro del cuadro del ex mandatario donde enumera criterios por los cuales debería no solo retirarse, sino destruirlo. Entre sus criterios está la forma en como está representado el retrato, de manera macabra y ausente de toda moral, especialmente para la familia doliente; así como también asocia este retrato al de un nicho, pensando que el retrato fuera de un anciano con aspectos similares al de Pando y, por último, por el “peligro” que corrían los espectadores denominados como “gente del pueblo” que deambulaban por el centro de la ciudad. Aquí ya se puede ver aspectos a favor de la clase media por parte de Borda, quien será un flamante defensor de los derechos obreros y mineros años más tarde.

Al final, después de varios reclamos de la prensa opositora, la recepción del cuadro duró días y, posteriormente fue retirado. Pero, ¿dónde está el cuadro original? Al día de hoy se haya perdido, posiblemente fue quemado o entregado a los basurales de la ciudad. El caos del momento hizo que el cuadro de Borda no se expanda a otras ciudades donde se trataba de buscar al director del crimen, pero también se trataba de calmar el malestar de las masas que estaban dispuestas a realizar una revuelta civil, sino se daba a un culpable. Si bien Borda no fue el único en hacer un cuatro en relación a la muerte de Pando, fue muy censurado por la forma en cómo se representaba a Pando. Años más tarde, otro pintor, Cecilio Guzmán de Rojas, antes de su viaje a España, pintaría el cuadro El Proceso Pando, pero, a diferencia del cuadro de Borda, este no recibiría ninguna censura ni retiro en galerías comerciales. 

El mes de julio fue para Borda el inicio de su carrera artística como tal, si bien fue de impacto político su obra, no deja de impresionarnos la inquietud que causó la obra en los medios de esa época. En una sociedad conservadora y dirigida por elementos elitistas, no dejaron la libertad de expresión artística en el pintor.

Esta fue la primera censura del siglo XX hacia obras de arte que tengan un impacto político y social. Décadas más tarde se haría común la censura y destrucción de cuadros de varios artistas del país, cuando se acercaba una insurrección o cambio de gobierno, especialmente de corte militar. 

Javier Luna Orosco, médico, investigador y coleccionista

O scar Córdova Sánchez Médico y docente ARTÍCULO ORIGINALMENTE PUBLICADO EN LA REVISTA DIGITAL LA RAMONA. Ver: https://www.ramonacultural.co...