viernes, 29 de mayo de 2026

GUSTAVO ADOLFO OTERO Y EL GÉNESIS DEL PERIODISTA HUMORISTA

 Gustavo Adolfo Otero y el génesis del periodista humorísta



Oscar Córdova Sánchez

Médico y docente

Texto publicado en el suplemento cultural La Ramona. Ver: https://www.ramonacultural.com/contenido-r/gustavo-adolfo-otero-y-el-genesis-del-periodista-humoristico-i/

Hablar de un fragmento tisular del corpus histórico de la prensa paceña es abrir y diseccionar esos episodios donde el periódico era considerado un medio impreso con el fin de combatir, difundir y persuadir al lector sobre un determinado gobierno, pensamiento o doctrina. Esta dinámica no tenía miedo de hacer caer, elevar y destronar caudillos fanáticos del poder. Fue un torneo cotidiano de los redactores que se iniciaban en las armas letales de la imprenta con balas cargadas de humor, sátira y literatura, escondiéndose bajo seudónimos para prevenir una sanción agresiva del rival -partido político o personaje público- burlado. Y es, en este caldeado ambiente, donde Gustavo Adolfo Otero Vértiz (1896-1958) sacará sus dotes como un destacado aguijón incómodo del ambiente. Otero, paceño, venido de una familia clasemediera, bajo el ropaje de su estirpe criolla y con contactos de la elite paceña, transmitió, desde muy joven, su inquietud de ser un muchacho adiestrado a la fragancia del libro y al cultivo de las letras. Solitario, introvertido y con una cantidad considerada de lecturas leídas -tal como nos cuenta en sus Memorias (1977)-, fagocitó diferentes géneros sin dar prioridad uno sobre otro. Por sus manos pasaron obras de Emile Zola, Ricardo Palma, Víctor Hugo, Rubén Darío, los cuentos de Saturnino Calleja y la revista de sátira política de humor gráfico El Maestro Ciruela de los hermanos Ascarrunz, esta última tendrá gran repercusión en su estilo literario de describir a la fauna intelectual boliviana. Todo este acúmulo de lecturas a sus 17 años iba a crear en él la rareza y el gusto de vivir siendo escritor.

Para 1913, junto con sus compañeros del Colegio Nacional Ayacucho, sin darse cuenta, su carrera literaria inició con el texto El Radio y La Opinión Ajena en el periódico estudiantil A.B.C. de estilo sobrio y sin el sabor risorio que Otero ocultaba para sí. Algunas semanas después, junto con su compinche Néstor Silva Agramont, quien le motivaría a que se active su temperamento satírico e iniciar su carácter intransigente, irreverente e imaginativo, inyectándole la dosis de la polémica risoria y la atención del cuerpo docente-estudiantil. Las burlas se dispararon en su periódico poligrafiado Fray Simplón. La primera víctima fue su bedel Genaro Mariaca. Si bien esto ocasionó reproches a los autores del incipiente impreso, no tuvo avance y el problema quedó en nada. Otero probaba las dos caras del periodismo: elogio y censura. Pasado el agravio, su salud se deterioró -de las muchas-, abandonando el colegio en 1914. Para subsanar el tiempo perdido, empieza a buscar empleos y es donde conoce, a través de Carlos Ardiles Arce, la majestuosa biblioteca de Luis Arce Lacaze, diplomático sucrense de gran trayectoria intelectual. “Leía por leer”, afirmaba Otero, comprando libros de diversa temática. Y es de esos pasos de encontrarse con todos y con nadie que apreció su antiguo compañero Hugo Aranda, ofreciéndole un cargo como repórter (reportero) de El Comercio de Bolivia. Esa invitación fue como un regalo inesperado y sin contenido político, ya que como compensación podía asistir gratuitamente a funciones teatrales, espectáculos públicos, sesiones camarales y toda invitación que al periódico llegase; además, en el transcurso de su inclinación a decir sí a todo, sería engañado por el director del diario, Rodolfo Loza, con un salario ficticio. Sin embargo, esta experiencia servirá para ser adiestrado en el manejo de la máquina de escribir, recolectando notas para sus artículos y crónicas sociales que, tampoco, llevarían su firma.

Desilusionado, desesperado y buscando en cada esquina un trabajo que se adecue a sus preferencias, logra entrar como repórter en El Diario con un salario, nuevamente ficcional, de treinta bolivianos. Siendo su segunda vez estafado. Todo esto gracias a la oferta de Ángel Salas, colega suyo y animador de varias revistas fundadas junto con Otero años después. Su capital cultural se amplía y ve, de primera mano, la maquinaria y los circuitos con los que se editaba diariamente los textos. “El olor a tinta, el humo de los cigarrillos, el desorden de la redacción. Todo me parecía magnifico”, comentaría efusivamente sobre este nuevo ambiente.

Siendo miembro de El Diario, por fin había encontrado la atmosfera perfecta para respirar el aire apropiado a sus cuestiones particulares. Es, en este preciso momento, donde logra descubrir la psicología moral de varios hombres públicos, que redactaban y editaban sus columnas. Figuras como José Carrasco, liberal, fundador del periódico y destacado diplomático; Franz Tamayo, poeta con “cara aymara que se ha convertido en beethoveniana”, polemista de “mirada fiera, relampagueante”; Tomás Manuel Elio, abogado que “pronunciaba discursos, sin imágenes y sin fuego” y Felipe Guzmán, catedrático “con aires de dios Baco, de una risa estruendosa de palabra fácil”, todos dotados de una posición de prestigios y de dinero, permitieron que Otero fuera incluido en esta nueva realidad, alojándolo en su hogar intelectual. Sin embargo, su potencial humorista debía esperar un poco más para dar vuelo. Perseverancia, paciencia y creatividad son palabras que el joven Otero aprendió sistemáticamente en el torneo de las lides periodísticas, donde más era “hablar mal de la gente y de los políticos”, sosteniendo esos pugilatos intelectuales para determinar que periódico influía más en la sociedad. Sus primeros trabajos los publicó bajo seudónimo (Nemo). Ensayos como Los Bohemios y La imitación y la moda, este último fuertemente influenciado por Las Leyes de la Imitación del criminalista y sociólogo Gabriel Tarde, fueron aplaudidos anónimamente. Su crítica armónica y fluida era ya comentada entre los antiguos de la prensa. Esta faceta, como columnista de opinión, se vio incrementada por los elogios discretos de sus colegas. Pasado el tiempo, sus influencias con el círculo literario paceño se expandieron, logrando cumplir otra noble labor: la de corrector de estilo.

Gracias a la invitación del “arqueólogo de pega, sabio de calcomanía” Arthur Posnansky, acepta ser su secretario privado. A través de las colecciones de cráneos y vasijas dispersas en su sala, examina las inmensas hojas sueltas en el escritorio. Su misión se centraría a reunir, corregir y mejorar textos del investigador, consiguiendo dar a luz a El Signo Escalonado, obra de alta demanda en su momento y de gran calidad histórica sobre arqueología Tihuanacota. Para este trabajo, sus pagos ya son reales y sus crónicas ya publicadas, conjuntamente definiendo su estilo literario de corte satírico y burlón. Entre otras actividades, saboreaba aquellos elogios chispeantes por una columna bien escrita y chismeando con hombres de letras, donde la lámpara de la información era impresa para lectura de la sociedad paceña. En 1915, siguiendo con su etapa de gran efervescencia intelectual, logra acoplarse a la plana mayor de redactores del nuevo periódico El Fígaro, fundado en abril de ese año, bajo la jefatura, dirección, orden y jerarquía de don Franz Tamayo. Entre esa lista de colaboradores que siguieron al vate paceño se enunciaba a eminentes personalidades públicas. De allí que Daniel Sánchez Bustamante, Tomas Manuel Elio y Luis Espinoza y Saravia inauguran esta publicación francófila, siendo que el menor de ellos, el joven de 19 años Gustavo Otero, bajo seudónimo de Repórter Pérez, dará vistazos de la realidad y desnudará el ridículo de las diatribas sociales en un ambiente que veía favorable para el humor periodístico en letras serias y bien escritas. Este nuevo nombre del hombre hará temblar el reducto de esas rabietas seniles que nosotros llamamos pensadores nacionales, haciendo suya la prensa y convirtiéndola en el depósito que exhibe el disparate público, la arrogancia criolla y el comentario adulador. En ese preciso momento, el humorista inicia su carrera entrando al escenario letrado donde los aplausos, insultos, ganancias, ataques, quiebras y exilios serán parte de su vida. Lo que uno hace para hacer a esta ciudad poco seria y más sonriente con sus problemas.

“Siga el periodismo” recomendaba el Dr. Claudio Sanjinés Tellería, observando el talento y disciplina del muchacho que, debido a su situación económica, había decidido estudiar en la Facultad de Farmacia por un breve tiempo. Ciencia, química y fármacos. Todo el tiempo, toda la vida. Esta oferta del destino a ser un hombre de laboratorio y de fórmulas químicas parecía agradarle, pero su ambiente también era el periodismo. La decisión era incómoda, pero debía escoger por una. La idea de ser químico farmacéutico era buena, el reconocimiento no, pero el sueldo a futuro sí. Gustavo dejaría que su diablillo irreverente le susurre al oído, para luego decidirse por la labor de los hombres de letras, cuyo desenlace siempre queda en el hambre, el olvido y la soledad. Aceptando esta vida, decide dejar su carrera y continuar con sus crónicas jocosas.

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